FRATERNIDAD CRISTIANA DE PERSONAS 

CON DISCAPACIDAD

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UNA IGLESIA PARA TODOS, UNA IGLESIA SIN BARRERAS 

Carta Pastoral del Arzobispo de Sevilla con motivo de la celebración de la VII Semana de Fraternidad

En el próximo mes de agosto, y en nuestra casa de espiritualidad de Pilas, la Fraternidad Cristiana de Enfermos y Minusválidos va a celebrar la VII Semana de la Fraternidad, con el tema de estudio y reflexión: "Evangelizar desde la fragilidad".

Coincidiendo con esta semana, se va a presentar una gran campaña: "Una Iglesia para todos, una Iglesia sin barreras". Se trata de conseguir la eliminación de barreras en los templos y dependencias de la Iglesia, con un amplio objetivo de mentalización a toda la comunidad en general y, sobre todo, a los más directos responsables de todas aquellas áreas de la construcción y conservación de templos y edificios de la Iglesia. 

1.- Los minusválidos 

La apariencia física de la persona puede ser distinta, y lo es entre casi todas las personas, pero el minusválido es uno de nosotros. Incluso, nos ayuda a apreciar el nivel al que hemos llegado en la aceptación de las diferencias. Ver en el discapacitado nada más que la limitación, es una forma más, y siempre injusta, de discriminación a las personas y el querer valorarlas nada más que por unos determinados condicionantes físicos o mentales. Pueden ser, los minusválidos, más débiles desde el punto de vista físico, pero con iguales derechos personales y sociales que cualquier otro hombre o mujer.
Es una persona, con todos sus derechos y con sus limitaciones. Igual que los demás. Los elementos de limitación serán distintos, cada uno tiene los suyos, se vean o queden ocultos, pero siempre resulta limitado y absurdo un reconocimiento de la persona exclusivamente desde los condicionantes de la fuerza, la movilidad, la expresión corporal o el rendimiento económico.

Pero, naturalmente, para nosotros, cristianos, existe una valoración todavía más elevada y siempre en la base de esa dignidad de la persona. Con motivo de año internacional de las personas minusválidas (1981), la Santa Sede publicó un documento en el que se recogían algunos principios fundamentales que podían servir de guía en la consideración de esas personas.
Los principios son muy claros y explícitos:
 

- La persona minusválida es un sujeto plenamente humano, con los correspondientes derechos innatos, sagrados e inviolables.
- A la persona minusválida se le debe facilitar la participación en la vida de la sociedad en todas las dimensiones y en todos los niveles que sean accesibles a sus posibilidades.
- El nivel de una sociedad y de una civilización se mide por el respeto que manifiesta hacia los miembros más débiles de esa misma sociedad.
- En cuanto a la participación en la vida social han de tenerse en cuenta los principios de integración, normalización y personalización.

Siempre, y como lo más fundamental, está la autonomía y dignidad de la persona con sus propios derechos y obligaciones, más allá de unos condicionantes físicos, que son secundarios ante la admirable condición del hombre y de la mujer como tales personas. Incluso, la debilidad física hace resaltar más el valor de la misma persona en sí misma, por lo que es y no por lo que es capaz de hacer. 

Como recoge el documento de la Santa Sede: "el reconocimiento de estos derechos y el deber de solidaridad humana, constituyen un compromiso y una tarea a realizar, creando las condiciones y estructuras psicológicas, sociales, familiares, educativas y legislativas idóneas para la acogida y el desarrollo integral de la persona minusválida".
En orden a esa plena participación social y en toda la amplitud que sea posible, es imprescindible una mentalidad de apertura a la diferencia, de integración en el entramado social, en las relaciones humanas, en las leyes que faciliten y garanticen esa integración.

En manera alguna puede relegarse al minusválido a un espacio marginal, al aislamiento, a la segregación, sino reconocer la plena integración según sus posibilidades, tanto en el ámbito de la vida familiar, como en el de la escuela, el trabajo y, en el más general, de la comunidad social, política y religiosa.

La normalización significa que la vida y la participación de la persona minusválida se aproxime lo más posible a aquello que consideramos normal. Y que en todos esos proyectos, leyes y acciones resplandezca siempre el valor, dignidad y desarrollo integral de la persona en todas sus dimensiones físicas, morales y religiosas. 

2.- Las barreras 

Un tema siempre relacionado con los minusválidos es el de las barreras. Esos "escalones" que dificultan o impiden alcanzar unos objetivos de integración, participación y normalización de los que hablábamos anteriormente.
Son muchas y muy variadas las barreras, esos obstáculos con los que se encuentra la persona discapacitada. Unos impedimentos los pone la misma condición física o mental de la persona, limitada por su enfermedad, por su minusvalía. Otros obstáculos vienen de la misma familia y de la sociedad. Unas veces es el proteccionismo negativo, otras, los prejuicios y trabas para la plena integración del minusválido.
Algunos de esos muros de la incomunicación son objetivos y bien visibles (limitaciones físicas, movilidad, barreras arquitectónicas...). Otros son menos evidentes, pero verdaderas "paredes invisibles" muy difíciles de superar, como, por ejemplo, los prejuicios, la mentalidad consumista de la eficacia, la consideración economicista de la persona, la conmiseración, el pietismo, el paternalismo...
 

En las campañas, sobre eliminación de barreras, suele hablarse casi únicamente de aquellas que afectan a las estructuras físicas de los edificios. Son reales y deben suprimirse siempre que sea posible. Las psicológicas son más difíciles de superar, pues afectan a la mentalidad. Son toda esa serie de mecanismos de autodefensa, de agresividad, la inaceptación de realidades diferentes.

Hay obstáculos morales impuestos por políticas solapadamente maltusianas, esterilacionistas, abortistas, eugenésicas... Con frecuencia, estos parapetos pseudoprogresistas están unidos a una legislación que ampara los derechos de los fuertes y olvida las limitaciones de los otros. Así, por ejemplo, las legislaciones permisivas sobre la eutanasia. Las barreras económicas son también evidentes y para salvarlas habrá que acudir a las necesarias prestaciones sociales que reclaman los derechos de los minusválidos.

Finalmente, están todas esas barreras sentimentalísticas, de paternalismos inmovilizantes, de la conmiseración y el pietismo, que hacen aún más difícil la superación de otros muchos obstáculos para lograr la integración social que se desea para el minusválido.

Ni que decir tiene que el primero que ha de luchar por la eliminación de todas esas barreras es el propio minusválido, ayudado por su familia, por las instituciones más directamente relacionadas con la atención a este tipo de personas, pues, en tantas ocasiones, es la misma persona del discapacitado el que se automargina, no participa, se imagina más trabas y prejuicios de los que en realidad existen. 

3.- Una Iglesia para todos 

Nuestro modelo de referencia es siempre Cristo, su persona y su comportamiento. Él se acerca a todos. Los recibe, cura y acompaña. Acepta al hombre tal como es. En cada uno reconoce su dignidad como persona. Es que el mismo Jesús, hijo de Dios, ha asumido nuestra naturaleza y cargado sobre sus espaldas con nuestras debilidades.
La Iglesia, la comunidad cristiana, quiere seguir el ejemplo de su Señor, y hacer ver la imagen de Dios que resplandece en cada persona, particularmente en los más débiles. Así nos lo enseña el evangelio y las acciones de Jesús.

Cristo ha llamado a todos. Y a todos nos ha redimido y justificado. Cómo dice San Pablo: "porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (I Cor. 12,I3).
Pero no solamente se trata de huir de cualquier tipo de exclusión, sino de recordar la pertenencia a la Iglesia y la obligación, como bautizados, de participar en la vida de la misma. Como tuve ocasión de decir en algún otro momento, la Iglesia, en todas sus acciones, no pretende otra cosa sino poner el evangelio y el amor de Cristo como levadura que transforme el mundo en ese Reino nuevo de justicia, de paz y de amor fraterno. Todos están llamados a trabajar por ese Reino de Dios. Cada uno lo hará respondiendo a su propia vocación y a las gracias que de Dios haya recibido. La vocación cristiana es una llamada al apostolado. El laico, el seglar, tiene una misión especial que llevar a cabo, no solo presentando en el mundo el mensaje de Cristo, sino aplicándolo de forma concreta a las múltiples actividades y facetas de la vida. Así, como seglar, participa en la misión salvadora encargada por Cristo a la Iglesia.

Dentro de esa llamada general al apostolado seglar, existen numerosas formas y variedades de realizarlo y que dependen, tanto de las gracias recibidas por Dios, como de las condiciones personales y de los ambientes y circunstancias en las que cada uno se encuentra.
El apóstol seglar anuncia a Jesucristo en el ámbito de la vida familiar, profesional, social y política. Una verdadera actividad evangelizadora orientada a conseguir las condiciones de vida más conformes con la justicia, la paz, la verdad y la fraternidad, pero, sobre todo, a hacer presente el reino de Dios.

No existe limitación alguna para la participación de los minusválidos en la vida de Iglesia, sino aquellas que puedan dimanar de una imposibilidad personal inevitable. 

4. Una Iglesia sin barreras 

Queremos una Iglesia sin barreras, en la que todos puedan participar y vivir plenamente el misterio de Cristo. La comunidad cristiana ha de distinguirse por el amor fraterno. Y bien sabemos que el amor todo lo puede (I  Cor. 13,7).

Los ejemplos del evangelio no pueden ser más elocuentes. Jesús proclama la buena nueva del reino curando toda enfermedad y toda dolencia (Mt. 4, 23). Cura al paralítico criado del Centurión (Mt. 8, 6) y al que llevan en la camilla (Lc. 5, 24). Al hombre que llevaba muchos años enfermo, Jesús, viéndole tendido y sabiendo que aguardaba ya mucho tiempo, le dice: ¿Quieres curarte? Le respondió el enfermo: Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo. Jesús le dice: Levántate, toma tu camilla y anda. Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar (Jn. 5, 5-9).
Pedro y Juan dicen al paralítico que estaba a la puerta del templo: no tenemos plata ni oro; pero lo que tenemos, te lo damos: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, ponte a andar (Hch 3,6). Otras curaciones del minusválidos aparecen realizadas por los apóstoles (Hch. 8, 4-8; 9, 31; 14, 4-7).
 

Para Cristo, para la Iglesia, lo que cuenta son las personas. La posible debilidad no es sino un valor más para acercarse a ellas y recibirlas como verdaderos hermanos y hacer que participen lo más posible en la vida y ministerio de la Iglesia.

En forma alguna, los minusválidos deben sentirse en la Iglesia simplemente como asistidos, sino que deben ser verdaderos sujetos activos en la vida eclesial y agentes de evangelización. También en este sentido tenemos que trabajar por la puesta en práctica de ese criterio de normalización, de la que antes hablábamos. Será necesario eliminar, no solo las barreras físicas, sino otras muchas levantadas por prejuicios y por miedos injustificados.

En nuestra Constitución se recomienda a los poderes públicos la creación de aquellas condiciones para la libertad y la igualdad de las personas y de los grupos, eliminando los obstáculos que impidan o dificulten la participación de los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social. Facilitar la accesibilidad a través de políticas dirigidas a la preservación, tratamiento, rehabilitación e integración de las personas incapacitadas, tanto física como psíquicas y sensoriales a las que debe atenderse con las especializaciones que requieran (art. 9, 14, 49).

Nuestra condición de cristianos, no sólo no nos exime de cumplir las leyes justas, sino que es una obligación moral el hacerlo, si con ello se contribuye al bien común. 

5.-  Participación social y eclesial 

Una buena legislación es siempre un magnífico apoyo para conseguir las justas reivindicaciones de los minusválidos y su integración y participación en la sociedad. Pero no basta, hace falta un verdadero programa de mentalización y de educación, tanto para la sociedad como para los mismos minusválidos, y saber recibir y sentirse aceptado en la escuela, en el trabajo, en la Iglesia.
A todos nos corresponde la colaboración y el apoyo en las acciones que, desde ámbitos diversos, se están emprendiendo para la eliminación de las barreras y para la integración social y eclesial de las personas disminuidas.

Entre otras, estimo que sin más dilaciones se deben emprender las acciones siguientes:

- Eliminar cualquier tipo de prejuicios y barreras. De una manera inmediata, suprimir todos aquellos obstáculos físicos que impidan el acceso de los minusválidos a los templos y las dependencias parroquiales y diocesanas. Las dificultades pueden ser mayores en edificios de singular valor cultural. Habrá siempre que contar con el asesoramiento y dictamen de los expertos y organismos competentes, y recabar las ayudas que fueran necesarias. 
- Contribuir a la promulgación de leyes y normas en apoyo de los disminuidos y observar aquellas que ya existen.
- Ofrecer y recibir gustosos la participación de los minusválidos en las acciones litúrgicas y los proyectos pastorales.
- Apoyar los movimientos y asociaciones especializados de la Iglesia, como puede ser la Fraternidad Cristiana de Enfermos y Minusválidos (FRATER).

Que los minusválidos tengan la iniciativa y el protagonismo de su participación en la vida eclesial y que se integren en algunos movimientos y asociaciones especializados.
A toda la comunidad cristiana de nuestra diócesis, que participen gustosamente en la campaña de eliminación de barreras en los templos y dependencias de la Iglesia que pronto se va a emprender.

6. Semana de la Fraternidad

En la segunda quincena del próximo mes de agosto, como anunciaba al principio, se va a celebrar en Pilas la VII Semana de la Fraternidad. En ella participará un notable número de miembros de la Fraternidad Cristiana de Enfermos y Minusválidos, para reflexionar juntos sobre "Evangelizar desde la fragilidad". Con esta ocasión se va a lanzar la campaña de eliminación de barreras, con este slogan: "Una Iglesia para todos. Una Iglesia sin barreras".

Ya desde ahora, la más fraterna bienvenida a esta Iglesia de Sevilla. Pedimos al Señor que os ayude en vuestro importante trabajo y que haga muy eficaz la campaña que vais a emprender, y para la que contáis con nuestro apoyo. Que Dios os bendiga Dios y os guarde siempre. 

+ Carlos Amigo. Arzobispo de Sevilla
Sevilla, Julio de 2001

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