FRATERNIDAD CRISTIANA DE PERSONAS 

CON DISCAPACIDAD 

LA EXPERIENCIA DE LA ORACIÓN DESDE LA ENFERMEDAD

Introducción

La experiencia de la oración desde la enfermedad. Mi exposición no va a ser teórica ni tiene pretensiones teológicas. Lo que voy a exponer son conceptos y vivencias desde la experiencia de limitación física que me acompaña prácticamente desde los primeros años de mi existencia. Experiencia que ha ido encontrando sentido a través de mi pertenencia al Movimiento de Apostolado Seglar concreto, en el que realizo mi trabajo y cultivo la fe: la Fraternidad Cristiana de Enfermos y Minusválidos. 
También, gracias a Dios, (además de haber conocido la Fraternidad) he vivido en una familia cristiana en la que me enseñaron a orar sin ser egoísta, confiando en el poder de la oración, en su fuerza liberadora desde el Evangelio de Jesucristo, amando y respetando la vida más allá de los límites estrechos de su finitud (con mis padres y hermanos me fui introduciendo en el hermoso ejercicio de orar por por la paz del mundo, por las familias, pedir por los demás no por mi, agradecer la vida...). 

Seguramente, dejaré muchas cosas por decir por no encontrar las palabras. Quizá diré otras que no serán compartidas por todos, pero confío en que comprendáis que hablo desde la propia experiencia y desde la experiencia de otros muchos compañeros y hermanos míos, enfermos o discapacitados, que como yo han encontrado en la Fe el verdadero sentido de sus vidas y confiadamente se enfrentan a ella sabiéndose acompañados por un Dios el Dios que nos ama, sin distinciones ni privilegios, como a todos y cada uno de sus hijos.
Para hablar desde la experiencia he tenido que superar ese pudor que nos frena siempre al introducirnos en las dimensiones más íntimas de la personas y , también, porque la experiencia es, al mismo tiempo la parte más superficial, la que todos vemos y conocemos sin demasiado esfuerzo por que no se detiene en analizar el valor teológico de cada vivencia.  

Esto es, pues, lo que yo trataré de aportar a estas Jornadas Nacionales de Pastoral de la Salud, a las que agradezco sinceramente la posibilidad que me brindan de participar en la misión evangelizadora de la Iglesia, ejerciendo mi apostolado, desde la fragilidad. Siempre es bueno, además, partir de la experiencia, de lo concreto, de lo real, y más si cabe, cuando se trata de Dios y su relación con los hombres. Sin duda la vida supera con creces los límites y las pretensiones de nuestras palabras. 

Para desarrollar mi comunicación tomaré como referencia el mismo lema de las Jornadas: dedicando unos momentos a exponer la experiencia de oración en sí misma para concretar después como se vive ésta desde la enfermedad y la limitación física. En un tercer momento hablaré también de la experiencia de oración en la vida de equipo, células vivas de nuestra Fraternidad. Me he permitido, también, elaborar algunas sugerencias, a modo de conclusión, que podrían servirnos a todos para vitalizar la experiencia de oración desde y con los enfermos y discapacitados físicos. 

1. “Orar...

 Todo ser humano, sano o enfermo necesita vitalmente comunicarse con Dios 

La oración está estrechamente unida al amor, la historia de la comunicación de Dios con el ser humano, al que creó por amor y al que no abandona nunca.
Es necesario descubrir el verdadero sentido de la experiencia cristiana de oración, aprender a rezar, a comunicarnos con Dios. La oración ha sido y es desprestigiada a lo largo de la historia y más, en la época que vivimos, donde el hombre prescinde constantemente de Dios, casi se cree con el poder de crear y sólo le falta el poder de evitar la muerte. Pero, también es cierto, que en la práctica totalidad de las religiones existe la experiencia de oración. Desde ella, miles de hombres y mujeres se dirigen a ese ser superior para ser escuchados, especialmente cuando nos invade la incertidumbre y el miedo frente al mal y el sufrimiento. La oración es pues una experiencia humana básica, arraigada a lo largo de la historia en todos los pueblos y culturas, desde ella se accede a esa otra dimensión donde aparece Dios como compañero de viaje. La oración no es, pues, exclusiva de “beatos”, ignorantes, o retrógrados. Es necesidad vital de todos y cada uno de los creyentes. 

Cuatro grandes dimensiones del encuentro personal con Dios 

El encuentro personal con Dios lo podemos concretar en cuatro grandes dimensiones:

 A solas con Dios:

Son aquellos momentos de contemplación personal en los que, a solas con Dios, de forma muy personal, avanzamos hacia una verdadera comunión con él, creciente, cada vez más íntima. No hay muchas palabras para expresar este tipo de experiencia, pero sin ella será difícil entender la oración de nadie, y menos de un hombre o mujer herido gravemente por la enfermedad.

.Buscando el sentido de la vida

Se trata de momentos, reuniones, encuentros, celebraciones... donde en contacto con la Palabra de Dios, en silencio, reflexionando... tratamos de descubrir lo que Él espera de nosotros, lo mucho que nos ama, los planes y proyectos para los que cuenta con nosotros... Se trata sencillamente de experiencias de oración en la que intentamos descubrir, en medio de los avatares de la historia, todo lo que viene de Dios y aquello que por el contrario se opone radicalmente a su proyecto de Salvación para toda la humanidad. 

Orar comprometidos

El viejo dilema orar-actuar ha de ser resuelto a nivel personal y comunitario, la oración es también compromiso. La oración dilata nuestro corazón, lo hace más generoso, solidario... a fin de cuentas, buscar a Dios es buscar la justicia (Is. 51, 1). 
La oración va colocando nuestra vida al servicio de los demás. Es esta una hermosa realidad que he vivido en la Fraternidad, enfermos y minusválidos que “cargando” con sus limitaciones son verdaderos servidores de sus hermanos más limitados. 

Oración con otros

Poco podemos decir de esta otra dimensión de la oración. Si en la vida de todos los creyentes es necesario el apoyo, la compañía y la Fe de los otros para crecer y vivir, sin duda, lo es también en la vida de los creyentes enfermos y discapacitados. Yo personalmente pienso que no habría podido vivir la Fe como lo hago ahora sin la experiencia de grupo, la formación que he recibido en el Movimiento, las celebraciones en las que participo periódica y constantemente. 
Cuando nos reunimos para orar, para celebrar la eucaristía, anunciamos con alegría que Dios, presente entre nosotros, nos hace más hermanos, nos conduce al respeto más profundo de la vida del otro, más allá de cualquier limitación y diferencia.
 

2. ... desde la enfermedad” 

La enfermedad como ámbito existencial donde se produce el encuentro con Dios

Al abordar el tema de la oración desde la fragilidad humana que supone una grave enfermedad, hemos de tener en cuenta lo que significa el handicap de una enfermedad crónica o una limitación física... que suponen una toma de postura ante lo que va a ser tu vida. Lo que significa una enfermedad que irrumpe de golpe, en la que no hay perspectivas de futuro... el rechazo hacia Dios es previsible. Orar en la enfermedad cuando no se ha tenido una experiencia anterior a la enfermedad, será muy difícil. En estos momentos, influirá decididamente como esa persona ha vivido su proceso personal en la búsqueda de Dios y el seguimiento de Jesús... si la experiencia ha sido respetuosa, madura... surgirá sin duda una postura de amistad con Dios. Desde la enfermedad crecerá la confianza, madurará la propia Fe. 

Es evidente que en esta situación existencial de limitación, no hay una manera exclusiva de orar: cada persona ora según haya tenido buenas o malas experiencias en su vida, según como ha ido evolucionando, como haya tenido a su alrededor testimonios positivos o negativos, y como ella misma haya aprendido a descifrar y afrontar su proceso de crecimiento personal. 

Por eso me parece importante detenerme un momento en la historia, que yo he vivido, con respecto a este tema fundamental: si nos remontamos años atrás, vemos que los enfermos (y los discapacitados) siempre en la Iglesia hemos sido considerados como niños dependientes en todo, sin capacidad para tomar decisiones, por eso se tenía asumido que el enfermo no participase en ningún acto, ni en la misa, catequesis, ni procesiones... y para nada se tenía en cuenta si el enfermo pudiera ser creyente o no, tranquilamente se le llevaba la comunión a casa y ya era más que suficiente.
Lo normal ha sido considerarnos menores de edad, mirar más nuestras carencias y limitaciones que intentar integrar y potenciar nuestras posibilidades. Ha sido un trabajo difícil el ir descubriendo que tenemos que ocupar nuestro lugar en la sociedad y en la Iglesia, ser tratados con igualdad tanto a la hora de desarrollar nuestras capacidades humanas y cristianas con los mismos derechos y oportunidades, como a la hora de asumir nuestra responsabilidad, nuestros deberes como ciudadanos y como creyentes.  

Muestra de ese asistencialismo dolorista, es la realidad existente de barreras arquitectónicas en los templos y en las dependencias de la Iglesia: los enfermos, los discapacitados estaban dispensados del precepto dominical de ir a misa...
La propia familia, a veces, aceptaba la situación de enfermedad como un castigo (al pié de la letra) y para muchos cristianos, debíamos ser como “pararrayos”, debíamos ofrecer nuestra enfermedad con resignación a favor de los demás (los negritos, los sacerdotes...). Este dolorismo, acompañado por actitudes acentuadamente paternalistas ha sido extremadamente negativo: muchos enfermos se revelaron después, dejando atrás con rencor esta etapa, resentidos hacia todo lo que tenga que ver con la Iglesia y con Dios. Otros, los menos, terminaron sublimando la situación, convirtiéndose en personas ñoñas, aisladas, amorfas, receptoras inagotables de paternalismo.

Algunos ejemplos:

Quisiera señalar algunos ejemplos vividos personalmente por mi, de como aún hoy hay movimientos con mucha fuerza que acentúan este paternalismo dolorista haciendo creer a sus miembros que la oración de los enfermos tiene mas validez que la realizada por los sanos, que son escuchados por Dios más fácilmente, al margen de otras consideraciones:

.Una señora, cuando tenían que operar su marido del corazón, en Pamplona, solo me conocía de vista, me pidió insistentemente que rezase por su marido porque “seguro que Dios te escuchará más que a mi”. Yo no recé. Esto nos hiere.

Mis padres han rezado juntos toda la vida, incluido el rosario todos los días, cuando a mi madre le quedaban pocos días de vida a causa del cáncer por el que murió, una mujer vino a visitarla y en un tono paternalista al máximo le dijo: “Qué bien, ahora tendrás más tiempo para rezar”. A lo que mi madre respondió: “ahora ya no me quedan ganas ni fuerzas para rezar, ya he rezado bastante cuando estaba bien”.
¡Cuántas veces es mejor, más respetuoso y más sagrado el silencio que las palabras!

Más grave todavía me parece la afirmación que un Obispo, dijo públicamente en un encuentro de catequistas: “perdón por no haber podido acompañaros todo el día, pero vengo del entierro de una sobrina mía, a la cual Dios ha bendecido con un cáncer”. Es lamentable esta afirmación, más cuando la mujer dejaba dos niños pequeños. Es imposible unir este tipo de afirmaciones con la experiencia y el mensaje de Jesucristo cuando nos habla de la misericordia del Padre, le vemos curando a los enfermos o angustiado ante su propia muerte. Dios nos bendice a todos con la vida, con el don de su amor, con la Salvación... pero de la misma manera que no podemos pasarle factura por el mal y las dificultades que acompañan a la propia condición humana, tampoco podemos “agradecerle” la enfermedad, como sería un disparate darle gracias después de un terremoto o un accidente mortal.

Es necesario cambiar la mentalidad de numerosos sacerdotes, de la misma comunidad cristiana, y de los propios enfermos y disminuidos físicos acostumbrados a ser “mimados” y considerados inútiles tantos siglos. 
Ardua tarea de la Fraternidad conseguir hacer fraternos creyentes, formados y maduros en la fe y corresponsables en la tarea evangelizadora de la Iglesia. Tarea para la cual somos conscientes de la necesidad vital de contar con una verdadera y auténtica vida de oración, en la que nos encontramos con el Dios del evangelio, el Padre que nos ha regalado lo mejor de sí mismo, a su propio hijo para salvarnos, para que seamos felices... a pesar de nuestra condición finita y disminuída, a veces hasta el extremo.

“No tenemos necesidad de suplicarle a Dios que tenga hacia nosotros esta actitud de atención llena de amor, seguramente ya lo hace... siempre lo hace. Nos corresponde a nosotros volver nuestro rostro hacia Él... ésta es la súplica” (P. François, Fundador de la Fraternidad, Circular Internacional, Marzo 1975).

Hay que reconocer que resulta muy difícil mantener una actitud positiva, cuando descubres que cada día tienes menos fuerza, menos independencia, que pierdes hasta la más mínima intimidad. Sin embargo o sigues confiando en Dios o fácilmente puedes caer en el pesimismo y la depresión. Ciertamente aquí son iluminadoras la palabras del Nuevo Testamento: “Ninguno, cuando se sienta tentado diga: Es Dios quien me tienta; porque Dios ni es tentado por el mal, ni tienta a nadie, sino que cada uno es tentado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce” (Sant. 1, 13-15). 

Iguales, con características propias

La oración, en principio, es vital para todos los creyentes y constituye una realidad enriquecedora igual para todos los seguidores de Jesús; pero está claro que hay en las personas condicionantes físicos que hacen que todas las cosas “normales” se conviertan en “especiales” cuando se trata de el propio cuerpo sufre algunas variantes que impiden a la persona llevar a cabo las actividades de la vida diaria sin ayuda exterior y esto de manera definitiva, o lo que es más duro cada día más acentuado.
La experiencia de la oración desde la enfermedad, se produce de manera distinta para cada persona, como distintos somos cada uno, aunque en lo básico cada grupo o colectivo social tengamos afinidades y cosas en común. Individualmente somos únicos e influyen infinidad de condicionantes que hacen que la misma situación de limitación física, dolor y sufrimiento en la enfermedad, se afronte y resuelva de diferente manera. 
Por su parte, el hecho mismo de dirigirse a Dios en la oración, que es uno de los actos más íntimos de la persona, depende, también, de cómo nos ha llegado esa necesidad a cada uno y según como se nos ha presentado la manera de dirigirnos a Dios tendrá unas connotaciones u otras: de reproche, de desahogo, de amistad, de acción de gracias...  

También es diferente según el lugar, la comunidad... donde vives la fe incluso dentro de la misma Iglesia. En el caso de la Fraternidad Cristiana de Enfermos y Minusválidos, reconocemos como imprescindible el poder de la oración, y hemos descubierto la necesidad de dirigirnos a Dios desde la propia discapacidad física y a pesar de la misma. Desde la Fraternidad pensamos que todo hombre o mujer creyente, sano o enfermo, necesita vitalmente encontrarse cara a cara con Dios, estar con Él como cuando estamos con un gran amigo, con un hermano, con un buen padre. Esta necesidad es más vital si además estamos llamados a ser sus testigos como apóstoles de nuestros hermanos enfermos y discapacitados.

3. Fraternidad Cristiana de Enfermos y Minusválidos: vida de equipo y oración 

Desde el Movimiento de Apostolado Seglar al que pertenezco y por el cual opté libremente hace ya más de 25 años, la oración ha sido siempre algo fundamental. 

Vemos que, en general se reza poco, y que hay un gran abanico de formas, si se tiene más formación o no, que orar muchas veces es infantil: pedir para que me cure, alimentado por otros grupos que te convencen de la importancia de la magia en la religión, al mismo tiempo magia para ellos a costa de los enfermos, (la obra buena del año) se santifican ellos. Todo esto, desde el verdadero espíritu de la Fraternidad nos parece inadmisible. Por eso intentamos ir avanzando, fundamentalmente desde la formación y la vida de equipo, en adquirir una actitud más adulta y responsable respecto a nuestra relación con el Padre, orar para estar en sintonía con Dios en el que creemos y que cuenta con nosotros en la lucha por la transformación del mundo.
La oración es algo que nos preocupa enormemente, forma parte de los Pilares Básicos del Plan de Formación Sistemática que realizan todos los miembros del Movimiento. Es una de las dimensiones de la vida cristiana que tratamos de potenciar hasta conseguir que cada fraterno vaya incorporando a su vida esta experiencia como algo primordial, intentamos con ello vivir el espíritu del Concilio Vaticano II cuando aborda este tema: “... la fecundidad del apostolado seglar depende de la unión vital de los seglares con cristo... realizando sus tareas según la voluntad de Dios”. (Apostolicam Actuositatem, 4).
Este verano, me sorprendió gratamente el resultado de una encuesta que se llevó a cabo en la celebración de una Eucaristía durante la Colonia de Verano en una de las 45 diócesis que forman la Fraternidad de España: de 42 respuestas, 31 si rezaban, 5 no y 6 poco y de ellas habían 17 de petición, 16 para crecer en amistad con Dios, 6 de Acción de gracias y 3 otras (en la que uno de nuestros compañeros confesó que oraba insistentemente pidiendo a Dios la muerte, expresando así su imposibilidad de seguir haciendo frente a tanto sufrimiento). Ha sido también interesante descubrir que en la oración de petición aparecían más respuestas orando por los demás que por uno mismo y como la relación con Dios se produce desde la cercanía y la “amistad”. 

La experiencia de oración, desde la Fraternidad, nos hace ser críticos delante lo que ha venido siendo en la historia y todavía sigue con fuerza en la actualidad. Orar debe ser una actitud constante de que nos sentimos personas queridas por Dios, sin distinción por lo que la genética ha hecho con nuestro cuerpo, todos iguales en Cristo.
Está claro que la enfermedad no es querida por nadie, sería masoquismo, hay que luchar contra ella, sin obsesionarse, hay que vivir con ella, sin dejarse abatir por ella, tenemos que levantarnos coger nuestra camilla y echar a andar, ser protagonistas de nuestra propia vida de nuestra propia historia de cristianos maduros, responsables. 

“Levántate y anda” es el lema de la Fraternidad y a nivel personal tengo que decir que es esto lo que me atrajo de la misma.
En fin, la Fraternidad me ha ayudado a ver con esperanza que a pesar de la enfermedad, a través de la oración, se puede conseguir vivir con dignidad hasta el último momento de nuestra existencia. He conocido numerosos testigos de esta realidad, gente que ha trabajado por los demás hasta no poder más con su cuerpo... aunque también es verdad que hay otros a quienes le cuesta más ver la luz y encontrar la paz. 

4. Algunas conclusiones o sugerencias para los Delegados y Agentes de la Pastoral de la Salud 

Hay un largo camino que recorrer hasta conseguir una comunidad cristiana desprovista de estas actitudes doloristas, siendo necesaria la mentalización de todos, incluidos sacerdotes y obispos. Es necesario también que grupos o movimientos concretos que utilizan al enfermo y le siguen tratando con paternalismo revisen profundamente estas actitudes. Y eso que señalo aquí, en relación con la experiencia de Oración, sería aplicable también a otras muchas dimensiones de la vida cristiana: compromiso apostólico, liturgia, formación...  

En este sentido quiero aprovechar mi participación en estas Jornadas para manifestar, como Responsable General de la F.C.E.M. nuestra preocupación ante el hecho de unir la celebración del Día del Enfermo a la festividad de la Virgen de Lourdes ya que para nosotros esta identificación no es nada clarificadora y puede fácilmente llevar a nuevas connotaciones doloristas y de asistencialismo, cuando no a crear en los enfermos falsas expectativas de curación.  

En este trabajo mentalizador debemos estar unidos Movimientos como la F.C.E.M. y Pastoral de la Salud, como afortunadamente está sucediendo desde hace ya algunos años.
.“No nos dejes caer en la tentación”. Pero esto no es posible sino se vive en equipo, en comunidad. Es muy importante insistir en el aspecto comunitario de toda la experiencia cristiana, y en particular de la experiencia de oración.
La enfermedad forma parte de la condición humana, de la vida. En la presentación de estas jornadas se nos dice que la enfermedad supone una ruptura con la vida, no se, quizá sea otra manera de enfocar la vida hacia la otra vida. Habría que enseñar que la enfermedad forma parte de la vida y desmitificar el culto al cuerpo, tan perjudicial en la sociedad actual que llega a negar que cosas elementales como la enfermedad y la muerte forman parte de la condición humana. Frente a ella habrá que potenciar una serena y creativa aceptación de la dura y cruda realidad y no tanto la resignación que nos paraliza.  

Conclusión

Me gustaría finalizar recitando la plegaria que el fundador de la Fraternidad hizo en ocasión de Pentecostés y que de alguna manera sintetiza la experiencia que yo he tratado de transmitir en mi intervención: 

Oh, Padre nuestro,
en el día de Pentecostés,
en el que el Espíritu Santo
hizo nacer la Iglesia,
nosotros te ofrecemos:

Nuestros sufrimientos,
nuestras limitaciones,
que queremos sobrellevar
con un Sí filial.

Nuestras relaciones mutuas,
que queremos sean fraternas.
Nuestra vida
allí donde tú nos colocas,
con la que queremos servir
en la medida de nuestras capacidades, 

Todo te lo ofrecemos, todo:
En unión con tu Hijo, Jesús,
en su vida de trabajo,
en su vida de apostolado, 
en su muerte en la Cruz.

Para que su Evangelio se extienda
y haga que te conozcan y te amen
en toda la tierra. ¡Amén!

Rosa Gual Blasco
Responsable General de la F.C.E.M. de España                    Página inicio

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