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APOSTOLADO
SEGLAR Y MISIÓN EVANGELIZADORA DE LA IGLESIA
CARACTERÍSTICAS
DE UN LAICADO EVANGELIZADOR EN EL MARCO DE LA ACCIÓN CATÓLICA
Me
alegro de volver a encontrarme con vosotros y vosotras en esta VII Semana
de Fraternidad, poco a poco nuestras caras se van haciendo familiares,
caras de amigos, somos compañeros de camino en la tarea de construir el
Reino de Dios.
Gracias por vuestra invitación, aunque me ha supuesto un pequeño
esfuerzo ponerme en camino en mitad del mes de agosto, me alegro de estar
aquí y de poder compartir este día de encuentro y reflexión con todos
vosotros, creo que merece la pena.
Teniendo como horizonte la evangelización, la parte que me corresponde
presentaros pone el acento en el Apostolado Seglar, en la vocación y
misión de los laicos vivida y desarrollada desde la Acción Católica
(AC).
Quiero
comenzar mi exposición con una frase breve pero bien precisa que está
tomada del Decreto sobre el Apostolado de los Seglares del Concilio
Vaticano II y que de alguna manera resume todo lo que voy a decir: “La
vocación cristiana es vocación al apostolado”.
El
Concilio Vaticano II es el marco desde el que os voy a hablar, en él se
sitúa mi aportación. Decimos que el Vaticano II ha supuesto una entrada
de aire fresco en la Iglesia, con el Concilio ha comenzado una nueva etapa
en la vida de la Iglesia que se ha traducido
en una renovación en muchos aspectos: en la liturgia, la catequesis, el
diálogo con otras religiones, etc., pero sobre todo ha supuesto un
reconocimiento de la vocación laical. A partir del Concilio se ha
dignificado la vocación del seglar, los laicos hemos pasado de se
considerados destinatarios de la acción pastoral de la Iglesia a ser
sujetos activos de la evangelización, miembros de pleno derecho del
Pueblo de Dios.
Teniendo
en cuenta el tema de nuestra reflexión: Apostolado Seglar y misión
evangelizadora de la Iglesia desde el marco de la AC, quiero destacar tres
aspectos subrayados por el Concilio Vaticano II y que son esenciales para
nosotros:
1.
La Iglesia Pueblo de Dios El Vaticano II nos presenta a la Iglesia como Pueblo de Dios, como
comunidad con diferentes ministerios toda ella al servicio de la
evangelización, todos trabajadores por cuenta del Padre. La imagen del
cuerpo de San Pablo nos ayuda a entender a la Iglesia como esa comunidad
en la que hay muchos miembros, todos
miembros de un mismo cuerpo que desempeñando diferentes funciones
hacen de éste un organismo vivo en la media que cada una realiza su
función en relación armónica con el resto.
2.
La evangelización es la tarea de la Iglesia, de todo el Pueblo de Dios. La Iglesia existe
para evangelizar, ésta es su dicha, su identidad más profunda y todo lo
que en la Iglesia hay y se hace es para evangelizar. “Evangelizar significa para la Iglesia llevar la
Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo,
transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad (...) si hubiera
que resumirlo en una palabra, lo mejor sería decir que la Iglesia
evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama,
trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de
los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y
ambientes concretos” (EN, 18).
3.
Los cristianos laicos
(en cualquier edad o circunstancia) à
miembros indispensables del Pueblo de Dios con una vocación específica
que desempeñar y
sin nosotros no existiría la Iglesia.
“La Iglesia no está verdaderamente formada, ni vive plenamente, ni es
representación perfecta de Cristo entre las gentes, mientras no exista y
trabaje con la Jerarquía un laicado propiamente dicho. Porque el
Evangelio no puede penetrar profundamente en las conciencias, en la vida y
en el trabajo del pueblo sin la presencia activa de los seglares. Por
tanto, desde la fundación de la Iglesia hay que atender sobre todo a la
constitución de un laicado maduro” (AG 21).
RESUMIENDO:
La Iglesia es el Pueblo de Dios cuyos miembros son iguales en dignidad y
comparten una misma misión la cual realizan corresponsablemente desde la
específica función que cada uno tiene.
Ahora
damos un paso más y nos preguntamos:
¿EN
QUÉ CONSISTE LA VOCACIÓN APOSTÓLICA DE LOS LAICOS?
La vocación apostólica del laico es la transformación del mundo.
“El carácter secular es propio y peculiar de los laicos, (...) A los
laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y
ordenando según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, en todas
y cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones
ordinarias de la vida familiar y social con la que su existencia está
como entretejida (...) A ellos, muy en especial corresponde iluminar y
organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente
vinculado, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu
de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del
Redentor” (LG 31).
¿Dónde y de qué manera los laicos realizamos nuestra vocación?
“Los seglares, cuya vocación específica los coloca en el corazón del
mundo y a la guía de las más variadas tareas temporales, deben ejercer
por lo mismo una forma singular de evangelización. (...) Su tarea primera
e inmediata no es la instalación y el desarrollo de la comunidad eclesial
--ésta es la función específica de los Pastores-, sino poner en
práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas,
pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo: el dilatado y
complejo mundo de la política, de la realidad social, de la vida
internacional, de los órganos de comunicación social y también otras
realidades particularmente abiertas a la evangelización, como el amor, la
familiar, la educación de los niños y de los adolescentes, el trabajo
profesional, el sufrimiento” (EN 70).
¿Cómo hemos de realizar los laicos el apostolado? Mediante un diálogo
amoroso entre la Iglesia y el mundo. El Concilio ha sido un acto de amor a
la humanidad. Hemos de amar al mundo, escenario de la presencia laical,
lugar donde sucede la vida pública. El amor al mundo ocupa un lugar
central en el Nuevo Testamento, sobre todo en el Evangelio de San Juan 3,
16: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo”. Hemos de amar
al mundo, porque Dios lo ama, como Él lo ama. Los laicos debemos ser unos
apasionados por el mundo. La Iglesia, los Movimientos, nuestras
parroquias, grupos, los lacios tanto hemos de amar al mundo que nos
entreguemos sin condiciones, para ofrecerle la liberación que trae
Jesucristo.
Peligra que contemplemos el mundo como algo extraño a nosotros, de
forma pesimista, como una realidad tan llena de limitaciones y
contradicciones que pensemos que no es posible construir el Reino de Dios.
Esta mirada pesimista del mundo olvida la presencia en él de Dios, de su
Espíritu, la respuesta positiva de muchos cristianos, hombres y mujeres
de buena voluntad.
Hemos de amar al mundo con sentido crítico, con discernimiento, estando
en el mundo, sin ser del mundo porque si la sal se vuelve sosa sólo sirve
para tirarla y que sea pisoteada.
Amemos este mundo, que es el nuestro. Para nosotros es el mejor, porque
en él tenemos la oportunidad de participar de la salvación y de
colaborar en la construcción del Reino de Dios que ya ha sido comenzado
por Jesucristo.
RESUMIENDO:
El Concilio Vaticano II nos propone vivir como LAICOS, ADULTOS Y
MILITANTES. Éstas Son las CARACTERÍSTICAS DE UN LAICADO EVANGELIZADOR
EN EL MARCO DE LA ACCIÓN CATÓLICA.
LAICO:
el cristiano que es consciente de lo que significa estar bautizado, que se
sabe miembro de la Iglesia comunidad - ministerios y que ha optado
consciente y responsablemente por contribuir a la misión evangelizadora
de la Iglesia desde su vocación laical, sabiendo que contribuye a
realización del Reino de Dios siendo fermento evangélico en medio del
mundo.
ADULTO:
con madurez humana y cristiana, capaz de dar razón de su esperanza aquí
y ahora. Con criterios para hacer un juicio cristiano de la realidad y de
las distintas situaciones que se presentan y para vivir y actuar a la luz
del Evangelio. Con iniciativas, en búsqueda, que se sabe en proceso de
maduración permanente en su identidad cristiana.
MILITANTE:
Es
el creyente que vive la experiencia profunda de Dios como Padre que le
hace sentirse hijo y hermano.
De esa experiencia profunda le brota el anunciar a Jesucristo como
salvador de su historia personal y del mundo, y por ello anuncia a
Jesucristo como la respuesta definitiva y plena a las necesidades más
profundas de cada hombre y mujer concretos.
Es el cristiano de memoria y esperanza en la promesa de unos cielos y una
tierra nuevos, cuyo cumplimiento anhela, anuncia y anticipa.
Empeñado en la tarea de transformar la sociedad, según el espíritu del
Evangelio y de liberar a los oprimidos. Por ello comprometido en su
conversión personal y en la edificación de la Iglesia.
Contemplativo testigo de la acción del Espíritu en la historia y
comprometido en esa acción y esa historia a través de su participación
en la vida social y política.
¿PERO CÓMO SE CONSTRUYE ESTE LAICO ADULTO Y
MILITANTE?
El
cristiano laico que hemos ido describiendo siguiendo las enseñanzas del
Concilio Vaticano II debe ser el laico habitual de nuestros grupos,
parroquias y diócesis. Desde la experiencia y la reflexión que la misma
Iglesia va realizando podemos decir que un laico así, no nace sino que se
hace. Se va construyendo mediante un proceso que requiere una buena
disposición personal, un trabajo comunitario y la acción del Espíritu.
Se trata de un don y una tarea.
En
el documento “Los Cristianos laicos Iglesia en el Mundo” texto base
para el Apostolado Seglar hoy se nos proponen dos instrumentos:
1.
La formación de los laicos y
2.
El apostolado seglar asociado.
Dos
instrumentos que no se pueden entender separadamente, de la unión de
ambos depende el logro de un laicado verdaderamente evangelizador y
misionero.
LA
FORMACIÓN DE LAICOS
La formación de laicos es una prioridad de la máxima urgencia para
nuestra Iglesia. La formación entendida como el logro progresivo de un
modo de ser, de sentir, de pensar y de actuar, personal y comunitario, que
sea profundamente cristiano. Una formación para estar en forma cristiana,
para una mayor calidad en nuestra vida cristiana, para dar más y mejores
frutos.
EL
APOSTOLADO SEGLAR ASOCIADO
En el Decreto del “Apostolado de los Seglares” del Concilio Vaticano
II se dice que cada cristiano está llamado a ejercer el apostolado
individualmente en las variadas circunstancias de su vida. No obstante,
recomienda a los laicos que actuemos asociadamente por estas razones:
La persona es un ser social
por naturaleza que crece y se desarrolla en relación con otras
personas.
Para expresar el ser comunitario de la
Iglesia. Si queremos hacer de nuestro mundo una nueva humanidad, los
cristianos hemos de ser signos de comunión.
Por eficacia apostólica.
En las actuales circunstancias tan complejas
y difíciles necesitamos el aliento y apoyo del grupo, de la comunidad
para mantenernos fieles a la vocación cristiana.
El grupo, la comunidad, deben ser verdaderas escuelas de formación
cristiana. ¿Qué características deben tener las asociaciones de laicos?
La Iglesia nos ofrece estos siete criterios para revisar y reorientar la
vida de nuestros movimientos, grupos y comunidades:
1.
Que promuevan la santidad de vida de sus
miembros
2.
Confesión y celebración de la fe
3.
Comunión eclesial
4.
Fin apostólico de la Iglesia
5.
Solidaridad con los pobres y pobreza
evangélica
6.
Presencia pública
7.
Protagonismo seglar
LA SINGULARIDAD DE LA ACCIÓN CATÓLICA
Aunque
la Acción Católica es anterior, sin embargo, podemos decir que es en el
Concilio donde se levanta acta de la AC al valorar una rica realidad de
laicos organizados que en estrecha colaboración con los pastores hacen
presente a Jesucristo en medio del mundo. El Concilio considera que se
trata de una singular forma de apostolado seglar que durante mucho tiempo
y en diversos países ha dado excelentes frutos para el Reino de Dios y
por ello la recomienda como forma asociativa idónea para promover la
participación de los laicos en la vida y misión de la Iglesia.
Hoy
definimos a la AC como la colaboración fraterna, estable y organizada
entre el Ministerio Pastoral y el laicado, cada uno según su específica
función, en orden a la realización del fin global de la Iglesia, esto es
la evangelización con todas sus implicaciones.
“…la
Acción Católica, de acuerdo con la doctrina de las cuatro notas, no es
una asociación más, sino que en sus diversas realizaciones (…) tiene
la vocación de manifestar la forma habitual apostólica de “los laicos
de la diócesis”, como organización que articula a los laicos de forma
estable y asociada en el dinamismo de la pastoral diocesana. Con razón
Pablo VI inicialmente y últimamente y con frecuencia Juan Pablo II ha
calificado a la AC como “una singular forma de ministerialidad
eclesial” (CLIM, 95)
Recientemente
los Obispos han pedido a la Acción Católica que colabore estrechamente
vinculada al ministerio pastoral en cada Iglesia particular y en la
Iglesia en España con la Conferencia a través de la Comisión Episcopal
de Apostolado Seglar, a fin de:
-
impulsar una nueva evangelización, fin global de la Iglesia;
-
animar la vocación y la misión de los laicos en general;
-
estimular y acompañar la inserción y el compromiso de los laicos en la
sociedad civil en coherencia con la fe;
-
ofrecer medios de formación que desarrollen las implicaciones
sociopolíticas de la fe, siguiendo las orientaciones de las enseñanzas
sociales del magisterio
-
alentar el dinamismo misionero de nuestras parroquias”
(CLIM, 125)
Y
en esta tarea estamos empeñados pues sabemos que la AC no tiene sentido
en sí misma, la AC nace en la iglesia y vive al servicio de la misión de
la iglesia. Es la organización de la Iglesia para formar y articular al
laicado diocesano, sabiendo que esto no es ningún privilegio, sino el
servicio que le corresponde hacer a la AC en función del bien común.
CONCLUSIÓN
Estamos
llamados a vivir como una gracia nuestra vocación laical, es una
vocación plena con sentido en si misma, como lo es la vocación religiosa
o sacerdotal. Tenemos que valorarla y cultivarla mediante la oración, la
formación, la celebración de los sacramentos, etc.
Para los laicos el mundo es el campo encomendado a nuestro cuidado.
Hemos de preguntarnos continuamente ¿cuál es el rostro actual del mundo
en el que los cristianos hemos de ser sal y luz? No sea que estemos dando
respuestas a preguntas que no interesan o que no se nos formulan. Nuestras
asociaciones, parroquias y diócesis a la hora de hacer un proyecto
pastoral han de empezar por mirar al mundo, ver su necesidades, problemas
y posibilidades. La finalidad de
nuestra vida cristiana es la consecución del Reino de Dios en medio de
nuestro mundo.
Quien
motiva nuestra vida cristiana es Jesucristo a quien seguimos y anunciamos.
La experiencia de sentirnos amados por Dios motiva nuestra entrega y
compromiso, sabiendo que nosotros somos instrumentos, Dios es quien
construye.
Nuestros valores, los que se derivan de la fe: solidaridad con los
pobres y oprimidos, el amor a todas las personas, incluidos los enemigos,
la lucha por la justicia y la denuncia de toda situación injusta.
El estilo de vida: el mismo que vivió Jesús y que propone en la
Bienaventuranzas.
Nuestra vida cristiana debe ser expresión del Mandamiento Nuevo
“amaos como yo os he amado”, que implica “ser para los demás”.
Este es el talante inconfundible del cristiano. Talante que hemos de
reflejar en todos los ámbitos y dimensiones de nuestra vida y acción, y
que se cultiva en la formación, la vida comunitaria, la oración y la
celebración de los sacramentos, especialmente la Eucaristía.
Y terminamos con la misma frase con que iniciábamos esta reflexión: “La vocación cristiana es vocación al
apostolado”.
Beatriz Pascual Guijarro
Secretaria General de la Acción Católica Española
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