FRATERNIDAD CRISTIANA DE PERSONAS 

CON DISCAPACIDAD 

EVANGELIZAR DESDE LA FRAGILIDAD

 LÍNEAS BÁSICAS PARA UN PROYECTO DE INCORPORACIÓN DE LOS ENFERMOS Y LOS DISMINUIDOS FÍSICOS EN LA COMUNIDAD CRISTIANA Y EN LA ACCIÓN EVANGELIZADORA DE LA IGLESIA

Introducción: 

El marco de las XXVII Jornadas Nacionales de Pastoral de la Salud y el lema que las presiden: los enfermos en las parroquias, son para nosotros, los enfermos y militantes cristianos de la Frater una excelente oportunidad para presentar las líneas básicas de un “proyecto” que conduzca a la comunidad cristiana en general, y a los propios enfermos y discapacitados en particular a desarrollar la misión evangelizadora en el mundo de la salud. Un “proyecto” que, incorpore a la acción pastoral el testimonio directo de aquellos que siendo enfermos son al mismo tiempo creyentes adultos y, por tanto agentes privilegiados a la hora de testimoniar la fe entre los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que sufren y gozan de la vida, acompañados permanentemente por una enfermedad crónica o una discapacidad física importante. 
Gracias por esta oportunidad que nos brindáis para compartir juntos nuestras reflexiones y experiencias en la Pastoral de la Salud. 
La ponencia está pensada como un posible “Proyecto” que poco a poco deberíamos ir trabajando juntos, todos los que compartimos este campo de la evangelización, compartiendo logros y dificultades, celebrando y gozando de la presencia del espíritu en nuestra acción evangelizadora. 

1.      FINALIDAD DEL PROYECTO: 

Presentar unas líneas o principios básicos que sirvan como marco para establecer un plan de acción y tareas concretas que hagan posible la incorporación de los enfermos crónicos y los discapacitados físicos en la vida entera de la comunidad y su participación activa y responsable en la acción evangelizadora de la Iglesia. 
Es necesario clarificar, desde este primer momento, que no se trata de un proyecto de “catequesis especial” para discapacitados tal como se entiende normalmente. Los minusválidos físicos, no mentales, no necesitan de una catequesis específica, sino de comunidades cristianas sensibilizadas y abiertas para acogerles como miembros activos y responsables, hermanos suyos que por el Bautismo forman parte de la comunidad eclesial y están llamados a ser testigos de la fe como todos y cada uno de los bautizados.

Intentamos, pues, de exponer las líneas generales, es decir: el marco en el que poder situar cualquier iniciativa de la comunidad cristiana para que los enfermos sean realmente evangelizadores, desde su enfermedad y minusvalía, en el mundo del dolor y el sufrimiento humano. Es urgente propiciar la presencia activa de los disminuidos físicos como agentes directos que, en su condición de creyentes adultos, están plenamente capacitados para hacer presente en el mundo la fuerza liberadora y sanadora del Evangelio de Jesucristo. 
Cuando proponemos a los enfermos crónicos y discapacitados como responsables activos en la acción evangelizadora de la comunidad eclesial, no estoy proponiendo una mayor atención, un aumento de los esfuerzos pastorales para servir a los enfermos (esto se ha hecho siempre, y se está haciendo hoy, de manera ejemplar y progresiva; constancia de ello nos da la historia de la presencia de la Iglesia en el mundo de la enfermedad desde sus inicios hasta nuestros días). 
No hablamos de “utilizar” a éstos en nuestra pastoral, ni siquiera en la Pastoral de la Salud sino de señalar hacia un cambio radical de perspectiva.  

Propongo abrir una nueva ventana desde la que mirar al hombre que sufre, un instrumento nuevo para construir con él una nueva realidad: que sean ellos mismos, con sus limitaciones y posibilidades, con su fe personal y con sus asociaciones, los que como creyentes adultos asuman el compromiso cristiano de evangelizar, con autonomía, desde el pluralismo que puede y debe darse entre los miembros del único Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. 

2.      DESTINATARIOS: 

2.1.  Los enfermos crónicos y disminuidos físicos creyentes: 

El grupo humano afectado por esta situación de fragilidad es el destinatario primero de este proyecto: hombres y mujeres que viven la fe desde la debilidad de sus cuerpos y desde el dolor y el sufrimiento que comporta esta realidad humana. Hombres y mujeres creyentes cuyo rostro hemos de conocer un poco más acercándonos a su realidad personal y social. Por razones de brevedad no podemos aquí realizar un análisis de la misma, ni siquiera en sus rasgos más fundamentales. No obstante convendría tener en cuenta que generalmente partimos de una imagen excesivamente negativa de la enfermedad acentuando las dificultades: carga económica para la familia, dependencia y falta de libertad, dolor... Y aunque todo esto es cierto en muchas ocasiones, no es menos cierto que hay familias donde la pensión del discapacitado, la indemnización de un accidente es una ayuda, en algunos casos muy importante, o cuando un hermano discapacitado se dedica a repasar los estudios a sus sobrinos, o cuidar de ellos o enseñarles la catequesis... Son sólo algunos ejemplos que nos darán una imagen más positiva y, más real. Si al fijar nuestra mirada en un discapacitado vemos la silla de ruedas y allí, en la falta de movilidad se detiene nuestra observación estaremos perdiéndonos lo mejor, la persona, el hombre o mujer que vive, como nosotros con ilusión y esperanza, con dificultades y con logros, en silla de ruedas pero persona. 

2.2.  La comunidad cristiana: 

La comunidad cristiana en general (parroquias, movimientos) y cada uno de sus miembros en particular (sacerdotes y laicos, agentes de pastoral...), es también, destinataria directa del presente proyecto. Primero porque ella es el lugar de acogida y ayuda que proponemos como cauce para el desarrollo del mismo. Cualquiera que sea el campo específico donde cada cual se siente llamado y enviado a evangelizar a sus hermanos tiene a la comunidad como origen y meta de su acción. 

3.       LÍNEAS BÁSICAS DEL PROYECTO: 

Exponemos a continuación las líneas o principios básicos que inspiran este proyecto:  

3.1. Enfermos y minusválidos físicos creyentes, llamados a evangelizar  desde la fragilidad humana: 

Tres son las líneas básicas que se desprenden de la dimensión personal y cristiana de los destinatarios del proyecto:

Identidad cristiana y vocación apostólica de los propios enfermos y minusválidos: 

La vocación apostólica brota en la Iglesia para todos sus miembros, del sacramento de Bautismo, al margen de cualquier otra consideración particular. 

“A todos nosotros, ya seamos judíos o griegos, esclavos o libres, nos bautizaron con el único Espíritu, para formar un solo cuerpo; y sobre todos derramaron el único Espíritu” (I Cor 12, 13). 

Los enfermos crónicos y disminuidos físicos, incorporados a Cristo por el Bautismo[1] forman parte del pueblo de Dios. Y robustecidos en la Confirmación por el don del Espíritu Santo, están llamados a dar testimonio de su fe ante el mundo, participando así, activa y responsablemente, de la “misión sacerdotal, profética y real de Cristo”.[2]
Así, por el Bautismo y la Confirmación, los enfermos están llamados a colaborar, con sus limitaciones y sus posibilidades, en la “expansión y dilatación del Cuerpo de Cristo para llevarlo cuanto antes a su plenitud”.[3] Así lo resume Juan Pablo II en las siguientes palabras dirigidas a los propios minusválidos: “Cada uno de vosotros, por el Bautismo, goza del don de la vida nueva en Cristo y de la dignidad de hijo adoptivo de nuestro Padre celeste. En el Bautismo habéis recibido también la participación en las funciones sacerdotales, proféticas y reales de nuestro Señor Jesucristo; y estáis llamados a ejercer vuestro papel en la construcción del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, y a promover el reino de Dios en este mundo”.[4]
La fragilidad del cuerpo, las limitaciones físicas, incluidas las más graves no sólo no les excusa a ellos a vivir consecuentemente la vocación cristiana al apostolado, sino que se convierte desde la fe en una fuerza generadora de nuevos valores e impulsos para la evangelización, de ahí que el Papa insista en esta llamada a los enfermos a colaborar en la misión evangelizadora de la Iglesia, sin excusas y sin complejos, por imperativo de su propia fe.

Su condición de fragilidad corporal, no sólo no les impide realizar esta misión, sino que por el contrario, es la misma fuerza de esa fragilidad la que les empuja y legitima como verdaderos apóstoles de sus hermanos. Ellos son portadores de la presencia de Cristo en todos los que sufren, han descubierto por la fe, en su propia vida la fuerza del Espíritu de Jesús que lejos de invitarles a permanecer quietos y pasivamente resignados les invita a levantarse, a ponerse en pie, a seguirle... sin dejar la camilla sino cargando con ella. Ellos son, sin duda, testigos directos del valor cristiano del sufrimiento y han de hacer llegar a sus hermanos que sufren lo que han visto y oído, de eso darán testimonio.[5]
Sirva como ejemplo de todo esto el testimonio de uno de los mayores evangelizadores de la historia: Ignacio de Loyola. Cojo y enfermo, autor de un libro inédito: el Libro de los ejercicios Corporales, defensor a ultranza de la salud, llegará a afirmar un día; “el siervo de Dios sale de la enfermedad hecho medio doctor[6].
 

Esta misma fragilidad tampoco puede ser obstáculo para que sean acogidos y enviados como verdaderos responsables de la evangelización.

La comunidad cristiana, pues, ha de suscitar y animar, entre los enfermos y minusválidos a los que se acerca, esta llamada divina al apostolado, confiándoles la misión de evangelizar, especialmente a aquellos que por la enfermedad y la minusvalía comparten su misma situación de fragilidad corporal, de dolor y sufrimiento, soledad y angustia... y por tanto, necesitados de esa presencia evangelizadora que la Iglesia ha de realizar, con la colaboración activa de todos sus miembros, con los diferentes carismas que suscita en ella el Espíritu Santo y acercándose a los diferentes ambientes y situaciones humanas. 

Dios ha querido actuar desde la debilidad humana para manifestar su fuerza a través de nuestra debilidad:  

La Sagrada Escritura nos muestra como Dios ha elegido lo débil del mundo para hacernos llegar la fuerza de su misericordia. Son numerosos los protagonistas de los grandes acontecimientos de la Historia de la Salvación que partiendo de su propia debilidad personal, de la fragilidad de sus propias fuerzas, han sido elegidos por Dios para introducir en el mundo la plena y definitiva Salvación:
Moisés por ejemplo: t
odas las excusas y temores de Moisés desaparecen con la presencia de Dios: Empieza diciendo: “... no tengo facilidad de palabra... soy torpe de boca y de lengua, ¿quién soy yo para acudir al Faraón?” (Cf. Ex 3, 11. 4, 10. 6, 30), para terminar afirmando: "Mi fuerza y mi poder es el Señor, él es mi Salvación”,[7] Y así van desfilando ante nosotros infinidad de testimonios: Profetas, Reyes... han confundido con la fuerza de su debilidad a los sabios y entendidos, han ido realizando poco a poco la Salvación trazada desde antiguo y acontecida definitivamente en la historia de la humanidad en Cristo nuestro Redentor.
 
De la misma manera comienza el Evangelio: Zacarías e Isabel, dos ancianos sin hijos, porque ella era estéril, abren las puertas a la esperanza del mundo dando a luz al que lleno del Espíritu Santo “preparará al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1, 5-17). La debilidad, una vez más será la fuerza de Dios, porque para Él nada hay imposible.[8] Cuántas veces cambiamos los planes de Dios confianza en nuestras fuerzas, en el poder y la imagen, ¿cuando entenderemos que en esto, y no otras muchas cosas menores, reside la verdadera ortodoxia de la fe, la mejor y mayor de las tradiciones bíblicas?.
María de Nazaret, mujer, joven y virgen, -no cabe mayor debilidad, menos fuerza- será la humilde esclava elegida por Dios como morada de su Hijo. Ella no sale de su asombro ¿Cómo puede ser esto?, pero confía en la palabra del ángel y dócil a la voz del Espíritu, hará posible otra vez lo que parecía imposible. Una vez más, ahora con María, podemos afirmar:  

“Su brazo interviene con fuerza, 
desbarata los planes de los arrogantes, 
derriba del trono a los poderosos 
y exalta a los humildes...” (Lc 1, 42-66). 

Y así continuará la historia hasta nuestros días. Los Apóstoles, Pedro, por ejemplo: “... Apártate de mí, Señor, que soy un pecador” dirá, en su primer encuentro con Jesús y le negará después afirmando “...no le conozco, mujer”  hasta tres veces. También el Señor se encargará de sacar, de ésta debilidad, la impresionante fuerza testimonial de la que dará pruebas el Apóstol al que Jesús confió la responsabilidad del grupo[9]. El mismo Pablo[10] y después muchos otros, serán los elegidos que manifiestan como Dios sirviéndose de los más humildes, de los débiles, de los pequeños, de los pecadores... transformándoles con su Espíritu, manifestando su fuerza y su poder, continúa su obra de Salvación en el mundo, hasta la plenitud de los tiempos, a través de la Iglesia su Cuerpo. 
Esta experiencia es la que llevará al propio Jesús a dirigirse al Padre con algunas de las más inquietantes palabras del Evangelio: “
Bendito seas, Padre, Señor del cielo y tierra, porque, si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla; sí, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien” (Mt 11, 25).
Así, pues, los enfermos y minusválidos, apoyados en la fe, desde su propia fragilidad con la fuerza del Espíritu, serán un testimonio cualificado y eficaz para la evangelización. Una vez más, el propio Juan Pablo II insiste en ello y les llama a utilizar esta fuerza para la Iglesia: “Precisamente a vosotros que sois débiles, pedimos que seáis una fuente de fuerza para la Iglesia”.
[11] La enfermedad y la discapacidad son en sí mismas un mal a combatir, una limitación a ir superando, como lo son la pobreza y cualquier otra manifestación de la limitación humana especialmente cuando ponen en peligro la propia dignidad de la persona. Pero esta misma fragilidad se convierte, por la fe, con la fuerza de la presencia de Dios, en un signo iluminador, capaz de transformar la vida del hombre hasta extremos insospechados, sobre todo cuando desde una actitud abierta, creadora y positiva estos hombres y mujeres se abren a la acción de la gracia que actúa en su espíritu. [12]
Concluyendo este apartado diremos que posibilitando que las responsabilidades sean asumidas por los propios enfermos y minusválidos en la evangelización, estaremos siguiendo los criterios y la actuación que señala la Sagrada Escritura para la construcción de la comunidad y para el desarrollo de la misión. Así lo expresa, por ejemplo uno de los textos más revolucionarios de las Cartas de San Pablo: “Fijaos a quienes os llamó Dios: no a muchos sabios intelectuales, ni a muchos poderosos, ni a muchos de buena familia; todo lo contrario: lo necio del mundo se lo escogió Dios para humillar a los sabios; y lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar a lo fuerte...” (Lc 5, 1-11).
 

La espiritualidad Seglar:  

Otro criterio importante para el desarrollo del presente proyecto es tener en cuenta la espiritualidad seglar desde la que hoy la Iglesia trata de evangelizar el mundo en sus diferentes ambientes y situaciones concretas.
Inspirados en el marco de la teología del laicado, que hoy quiere la Iglesia, deberemos asumir también todas las consecuencias que de ella se derivan. En la Iglesia, concebida como Pueblo de Dios, “la espiritualidad seglar tiene connotaciones peculiares”.[13]  
Los cristianos con alguna enfermedad o minusvalía física, llevarán a cabo su misión insertos en el mundo,
[14] y de una manera más profunda en el ambiente concreto que forman todos aquellos que comparten la situación[15] y las consecuencias de vivir una limitación física importante o una enfermedad crónica grave. De ahí que propongamos la enfermedad y la minusvalía, situación concreta y experiencia humana de extrema fragilidad, como ambiente a evangelizar desde sus propias características y a los enfermos y minusválidos físicos creyentes como agentes activos, responsables directos, de la evangelización en este mundo específico: los propios enfermos crónicos y disminuidos físicos, mejor que otros, podrán testimoniar, “autorizados” por su propia vida de fe y por su condición personal de enfermedad, la fuerza que esconde la fragilidad humana cuando se deja invadir por el amor misericordioso del Padre y muy especialmente cuando se trata de evangelizar a quiénes hoy, como ellos, están inmersos en el mundo del dolor y del sufrimiento humano.[16]
 

3.2. Formación para la acción evangelizadora.  

Necesidad de la formación: 

Para la realización de su vocación apostólica, como todos los miembros de la comunidad eclesial, los disminuidos físicos, necesitan de una formación adecuada, de manera que habiendo recibido una verdadera educación en la fe sean capaces después de transmitirla con su testimonio y con sus palabras con una clara identidad cristiana y eclesial.  
La preocupación de la Iglesia por la formación de los responsables de la transmisión de la fe y de la acción pastoral constituye una de las tareas más importantes, “...cualquier actividad pastoral que no cuente para su realización con personas verdaderamente formadas y preparadas, necesariamente carecerá de valor”.[17]  

Características, “lugar”, contenidos...  

Es, pues, necesario que los enfermos y minusválidos físicos reciban la formación necesaria que les capacite para responder a los desafíos del momento presente, tanto en el ámbito de su propia fe personal, como en orden a la acción pastoral específica que están llamados a realizar insertos en el mundo del dolor y del sufrimiento humano, dentro del marco global de la acción evangelizadora de la Iglesia.[18] Formación integral que les ayude a crecer en la experiencia de Dios, y en la experiencia eclesial de la fe. Capacitándoles doctrinalmente y haciéndoles sensibles a los más necesitados de entre los destinatarios de su acción.  
Por falta de tiempo saltamos aquí el análisis detallado de las características que deberá reunir esta formación, los “lugares” de la misma y los contenidos fundamentales. Para profundizar en ellas remito a los siguientes documentos: Catequesis Tradendae (Juan Pablo II), Catequesis de Adultos (CEC), Directorio General para la Catequesis (Congregación para el clero).  

3.3. Enviados por la Iglesia como “obreros en su viña”:[19] Enfermos y minusválidos apóstoles de sus hermanos:

Los criterios señalados arriba: bautizados (miembros del Pueblo de Dios), laicos y débiles. Creyentes adultos, capacitados por una formación adecuada, nos dan pié para proponer su protagonismo, en la acción evangelizadora de la Iglesia en este proyecto que pretende incorporarles activamente en la comunidad cristiana, como responsables directos de la acción que la Iglesia tiene que realizar en este mundo específico. Protagonismo que arrancando de su Bautismo viene dado, además, porque hablamos de “cristianos laicos y el carácter secular de su actuación”[20], y también, porque, como señala el Concilio, los enfermos y minusválidos “han de ser los primeros e inmediatos apóstoles” de los enfermos y minusválidos, “ejerciendo el apostolado personal entre sus propios compañeros, habida cuenta del medio social en que viven”.[21]  
Contar, con los enfermos y minusválidos que han tomado conciencia de su identidad misionera y su responsabilidad apostólica es, pues, hacer realidad el “profético deseo” manifestado en el Sínodo de los Obispos (1987) al dirigirse a los enfermos y a los que sufren: “...contamos con vosotros para enseñar al mundo entero qué es el amor, haremos todo lo posible para que encontréis el lugar al que tenéis derecho en la sociedad y en la Iglesia “.[22] ¡Cuánto nos queda por hacer!.
 

En el marco general del Apostolado Seglar:  

Este es el lugar que proponemos como más propio y adecuado para los minusválidos en la Iglesia: el ámbito de los Movimientos apostólicos de Apostolado Seglar. Aplicando a los minusválidos lo que la Iglesia pide a todos sus miembros en orden a evangelizar el mundo en sus diferentes ambientes y situaciones diversas.
Un ligero repaso sobre las acciones realizadas nos ayudará a entender el acento que aquí queremos subrayar:

Son numerosas, y algunas importantes, las reflexiones que desde diferentes perspectivas han abordado el tema de la evangelización en el mundo de la salud, y también directamente el dolor y el sufrimiento humano que lleva consigo la situación de fragilidad en la que se sumergen los hombres y mujeres afectados por la enfermedad o sometidos a las limitaciones de una deficiencia física más o menos grave. Especialmente desde el campo de la Pastoral Sanitaria ha habido, en los últimos años, importantes iniciativas en este tema.  

En orden a dar a conocer la problemática concreta y sensibilizar a la comunidad cristiana en general, podemos citar:  

El Día del Enfermo, que viene celebrándose en España desde el año 1985, se ha ido convirtiendo en la culminación de un proceso en el que muchos grupos de Pastoral de la Salud de parroquias o centros hospitalarios reflexionan y profundizan en los distintos aspectos del amplio mundo de la enfermedad, de la salud y de la vida...” como afirmaba, Mons. Javier Osés, obispo responsable del Departamento de Pastoral de la Salud en la CEE.[23] Esperamos que los últimos cambios sobre esta experiencia no nos priven de seguir contando con esta experiencia, para ofrecer cada año la oportunidad de abordar los problemas nuevos que en este campo de la pastoral van surgiendo, y facilitar unos materiales de reflexión y catequesis sobre el tema elegido para esta celebración anual y unitaria en la Iglesia española.  

Jornada Mundial del Enfermo, instituida por Juan Pablo II con el Motu Propio Dolentium Hominum el 11 de febrero de 1992[24].  

También, la publicación de revistas es un elemento mentalizador y de ayuda a los responsables de la pastoral de la salud. De entre muchas señalo a continuación las más significativas: 

Labor Hospitalaria, revista dirigida por los Hermanos de San Juan de Dios. Son decenas los artículos que sobre el tema van apareciendo periódicamente. Ha dedicado un número monográfico al tema que más directamente nos ocupa: La comunidad cristiana y los enfermos.[25]  

Dolentium Hominum, revista del Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud, aborda profundamente todos los temas relacionados con la Iglesia y la Salud en el mundo. Esta publicación resulta enormemente enriquecedora al recoger, en sus diferentes apartados lo que dice el magisterio, testimonios de acción evangelizadora en el mundo de la salud y actividades del propio Consejo Pontificio.[26]  

Con la finalidad de prestar ayuda, potenciar la formación de los responsables, presentar orientaciones y objetivos:  

El Congreso Nacional Iglesia y Salud, celebrado en Madrid los días del 26 al 30 de septiembre de 1994, promovido e impulsado por los obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral se convirtió en un acontecimiento eclesial de gran importancia para la evangelización.[27]  

En unas Jornadas dedicadas a la Pastoral de la Salud en las Parroquias, es necesario señalar que, también desde la Catequesis, se han realizado algunas aportaciones de gran valor para nuestro campo:  

La Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis publicó en 1986 el documento Atención a los Minusválidos en la Iglesia y en la Escuela, Orientaciones pastorales y pedagógicas.[28] Y más recientemente, el Secretariado Nacional de Catequesis publicó, con el título Anunciar a Jesucristo a los pobres, Magisterio de la Iglesia y minusvalías[29]. Ambas aportaciones son de un inestimable valor como punto de referencia en el tema que nos ocupa. Además la misma Comisión Episcopal, cuenta con un Secretariado de Educación Especial, que prioritariamente atiende al sector de minusválidos psíquicos.[30]  

Son importantes también muchas de las publicaciones que abordan este aspecto de la acción pastoral de la Iglesia, en numerosas obras y artículos.[31]  
Este repaso a la realidad pastoral y algunas de sus aportaciones significativas, ha sido necesario para señalar con precisión lo que queremos acentuar ahora:

la inmensa mayoría de estas formas pastorales de acercarse al enfermo, parten de los Agentes de pastoral sanos y consideran al enfermo y al diminuido físico como sujeto de su atención y servicio[32]. Incluso cuando se formula positivamente la misión del enfermo en la evangelización, el resultado final sigue siendo el mismo, el enfermo sujeto pasivo, objeto de nuestro servicio. Concediéndole tan solo el valor de la propia condición de enfermedad en sí misma, al margen de la respuesta de fe y de su compromiso personal.[33]  
Así pues, la Iglesia de hoy, en continuidad con las diversas aportaciones de su historia, sigue presente en el mundo de la salud, profundizando permanentemente en ella y adecuando, su reflexión y su acción pastoral a las nuevas situaciones. Sin duda alguna es este servicio permanente a los enfermos uno de los testimonios más extraordinarios de la acción evangelizadora de todos los tiempos. Sin la presencia cristiana y eclesial en el mundo de la salud, nuestros hospitales y clínicas, nuestras residencias de ancianos y enfermos terminales... corren el peligro de desplazar el respeto por la dignidad humana en pro y en beneficio de otros intereses, no siempre nobles y justos.
[34]  
Pero es necesario señalar que mi aportación apunta precisamente hacia el mismo enfermo y discapacitado como agente, activo, responsable y protagonista en la acción evangelizadora de la Iglesia; aspecto éste que constituye el hilo conductor de lo que en la presente ponencia deseamos expresar con sencillez, desde nuestra experiencia, con la esperanza de ser oídos y de abrir cauces de colaboración. Aspecto este que, sólo ligera y teóricamente, ha ido apareciendo en la mayoría de las reflexiones y en la acción pastoral.  
Al exponer esta líneas básicas que nos ayuden a integrar a los enfermos y minusválidos en la misión evangelizadora de la Iglesia, lo hacemos desde el aspecto general de la seglaridad, por eso presentamos a los enfermos y minusválidos, como bautizados, inmersos en el corazón mismo del mundo del dolor y del sufrimiento, por imperativo de la propia fe, ellos han de ser los primeros en asumir las tareas temporales que la comunidad eclesial realiza para evangelizar el mundo específico que constituye la situación de enfermedad o limitación física importante...[35]  
Llegados a este punto de mi reflexión, la más importante línea que proponemos es la siguiente: todo lo que la Iglesia afirma, pide y ofrece a sus miembros laicos, con respecto a su incorporación en la comunidad cristiana y a su participación activa en la misión evangelizadora, como primeros apóstoles de sus ambientes..., debemos también aplicarlo a los laicos disminuidos físicos. Nada puede serles vetado por su sola fragilidad corporal.

Repasemos rápidamente algunas de las afirmaciones más significativas:  

. El Decreto Apostolicam actuositatem, que el Concilio Vaticano II nos ofrece sobre el apostolado de los seglares, es también una llamada para los cristianos laicos disminuidos físicos. Tanto en su forma de apostolado individual como en su forma de apostolado asociado.  

“Como participes de la misión de Cristo sacerdote, profeta y rey, los laicos tienen su parte activa en la vida y en la acción de la Iglesia. En el interior de la comunidad de la Iglesia su acción es totalmente necesaria, y sin ella, el mismo apostolado de los pastores no puede alcanzar su plena eficacia. En efecto, los laicos tienen verdadero espíritu apostólico”.[36] 

Estas palabras del Concilio las aplica el Papa a los jóvenes minusválidos, precedidas por las siguientes afirmaciones que acentúan el carácter apostólico al que están llamados desde la fe: “... en la Iglesia tenéis que jugar un papel importante. Estáis llamados a participar plenamente en su vida y en su misión en el mundo”.[37]  

. Sínodo de los Obispos de 1987.

Esta fué, sin duda, una esperanzada experiencia: el Sínodo coloca a los enfermos y minusválidos en el contexto del apostolado laical, como agentes activos de la evangelización:  

“Los enfermos y todos los que trabajan con las diversas formas de dolor, tienen en la Iglesia y en el mundo un lugar activo que les debe ser reconocido a todos, como lo atestigua claramente la exhortación apostólica ´Salvifici doloris´. Estos no deben ser estimados solamente como objeto de la solicitud de la caridad de la Iglesia, sino como protagonistas de la obra de la evangelización y de la salvación”.[38]  

. La Exhortación apostólica Chistifideles laici, post-sinodal, de su Santidad Juan Pablo II sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, es un documento de extraordinario valor para la presencia apostólica de los laicos en el mundo de hoy en toda la diversidad y complejidad de situaciones personales, profesionales, culturales y en todos los ambientes.  

“A todos y a cada uno se dirige el llamamiento del Señor: también los enfermos son enviados como obreros a su viña. El peso que oprime los miembros del cuerpo y menoscaba la serenidad del alma, lejos de retraerles del trabajar en la viña, los llama a vivir su vocación humana y cristiana y a participar en el crecimiento del Reino de Dios con nuevas modalidades, incluso más valiosas.[39]  

Los disminuidos físicos son también destinatarios de esta llamada de la Iglesia a todos sus miembros laicos: “Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso”[40].  

. Los Cristianos laicos, Iglesia en el Mundo, corresponsabilidad y participación de los laicos en la Iglesia y en la sociedad civil: Líneas de acción.

También este documento, al mencionar a los destinatarios incluye en ellos a los propios enfermos como unos más de los llamados a participar en la vida y en la misión de la Iglesia:  

“Todos los laicos, hombres y mujeres: niños, jóvenes, adultos, ancianos, enfermos. Todos, cualquiera que sea el grado de conciencia y compromiso; cualquiera que sea el campo de su compromiso apostólico en la comunidad eclesial o en la sociedad civil.[41]  

. El Documento de la Pontificia Comisión para la Pastoral de los Agentes Sanitarios, Los Laicos en el mundo del sufrimiento y de la Salud,[42]aunque claramente va dirigido a los sanos, en ningún momento excluye la posibilidad de integrar en todas sus orientaciones a los disminuidos físicos.  

Concluyendo este rápido recorrido por los documentos más significativos sobre el laicado y su misión en la Iglesia y en el mundo afirmamos:  
Sin duda que con la aplicación a los enfermos y minusválidos creyentes, de los criterios señalados para el laicado en general, estamos a las puertas de una realidad nueva con respecto a considerar a éstos como responsables directos de la evangelización en el mundo específico que constituyen los afectados por una grave enfermedad o limitación física.  

En el ámbito de los movimientos especializados.  

Dando un paso adelante, propongo ahora el ámbito del Apostolado Seglar Especializado como uno de los cauces más adecuados para conseguir la finalidad del presente proyecto, lugar donde los enfermos y minusválidos, con la fuerza de la fe y capacitados por la formación cristiana necesaria, podrán asumir activamente su misión evangelizadora en el mundo del dolor, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Un paso que nos permitirá considerar a estos hermanos nuestros, frágiles en su cuerpo, no sólo como término de nuestra acción amorosa sino como auténtico “lugar teológico” desde el cual nos encontramos con Dios y nos dejamos evangelizar. [43]  
Esta nueva línea de profundización ayudará a precisar la vocación laical de los disminuidos físicos y su realización en la práctica: en el mundo de la salud, como mundo específico en el que ellos se encuentran inmersos por su condición personal de fragilidad, por su fe y por su apostolado, en este mundo deben tomar ellos un protagonismo especial, ocupar el lugar que les corresponde como testigos del “Evangelio del Sufrimiento”
[44] y, primeros apóstoles de los enfermos y minusválidos.  
La Iglesia siempre ha estado y sigue estando presente en el mundo de la enfermedad. Al lado de los que sufren ha construido, a lo largo de los veinte siglos de su existencia, una asombrosa historia de caridad. Hemos dicho también que en esta historia, los enfermos y minusválidos han sido siempre, o en la mayoría de los casos, meros receptores de la caridad de la comunidad cristiana, del servicio generoso y a veces heroico, de sus hermanos sanos. Se trata ahora de acoger esta historia con agradecimiento por todos los enfermos y minusválidos que han sido, a lo largo de los siglos, objeto del amor de Dios manifestado en el testimonio de los cristianos. Agradecimiento por los centenares de religiosos y religiosas y por los muchos laicos que desde sus congregaciones han sabido descubrir las necesidades de los enfermos y volcar en ellos lo mejor de sus vidas... en todos ellos tenemos una referencia esperanzadora de la fuerza de la fe que, cuando es auténtica, se traduce en actos de misericordia y compasión sin límites.  
Pero hoy, en el contexto técnico social y cultural en el que debemos realizar esta misma misión, los enfermos y minusválidos creyentes están ya en situación de asumir el protagonismo que les corresponde, pasando definitivamente, de asistidos a responsables de la acción pastoral. Sumándose, individual y colectivamente, a la comunidad de los sanos en la continuidad de la misión evangelizadora de la Iglesia.
Las más recientes manifestaciones del magisterio, que hemos resumido, han abierto la puerta a esta nueva realidad: “Como ha manifestado un minusválido en el aula sinodal, es de gran importancia aclarar el hecho de que los cristianos que viven en situación de enfermedad, de dolor y de vejez, no están invitados por Dios solamente a unir su dolor a la Pasión de Cristo, sino también a acoger ya ahora en sí mismos y a transmitir a los demás la fuerza de la renovación y la alegría de Cristo resucitado (cf 2 Co 4, 10-11; 1 P 4, 13; Rm 8, 18 ss.)”.[45]  

La Fraternidad Cristiana de Enfermos y Minusválidos:  

Como cauce, no el único pero sí importante, por su experiencia y finalidad, nos atrevemos a proponer el reconocimiento y la animación de la FCEM, en la Iglesia Española, en sus diócesis y parroquias, situándola en el marco del apostolado seglar, como uno de los movimientos apostólicos “cuyo fin es la formación de cristianos laicos con una vivencia cristiana y eclesial profunda capaces de insertarse en las realidades temporales y partícipes en la vida de la Iglesia”.[46]Y más concretamente en el sentido que recoge este aspecto el mismo documento de la CEE Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo: Una singular forma de ministerialidad eclesial:

“Dentro de este contexto la Crhistifideles laici sólo cita de forma específica la ´Acción Católica´. Esta particular referencia específica no debe extrañar ya que la Acción Católica, de acuerdo con la doctrina de las cuatro notas, no es una asociación más, sino que en sus diversas realizaciones –aunque pueda ser sin estas siglas concretas- tiene la vocación de manifestar la forma habitual apostólica de los laicos de la diócesis, como organismo que articula a los ´laicos de forma estable y asociada en el dinamismo de la pastoral diocesana’. Con razón, Pablo VI inicial y últimamente, y, con frecuencia Juan Pablo II han calificado a la A.C. como ´una singular forma de ministerialidad eclesial´”.[47]  

Esto es lo que acaba de manifestar la Conferencia Episcopal al eregir canónicamente a la F.C.E.M. como Movimiento de A.C. dando así cumplimiento a una de las aspiraciones más buscada del propio movimiento reconociendo con ello su tarea evangelizadora.

Por las características de este auditorio, sacerdotes y religiosos/as en su mayoría, no está de más realizar algunas precisiones: en la actualidad, se tiene la tendencia a considerar a la A.C. como una cierta élite no apta para el cristiano medio. Mi experiencia con la Fraternidad Cristiana de Enfermos y Minusválidos es todo lo contrario, son más de 7.000 los miembros con los que cuenta en la actualidad, en su inmensa mayoría disminuidos físicos y con un nivel de estudios medio-bajo. Son decenas los grupos de “fraternos” que en las diócesis siguen el Proyecto de Formación, en sus diferentes etapas. Todos ellos, cada cual según sus posibilidades recibe, pues, la formación adecuada en el momento del proceso personal en el que se encuentra. Y cada uno de ellos asume las responsabilidades y la participación activa en la vida del movimiento. Hay muchos niveles y un pluralismo enorme de situaciones personales y culturales pero la formación, la responsabilidad de las diferentes funciones y la vida misma del movimiento apuntan hacia una realidad: enfermos crónicos y disminuidos físicos que reúnen las características básicas de un laicado adulto. Hay que superar, pues, cualquier concepción paralizante reconociendo además que, históricamente han sido las asociaciones y movimientos de apostolado seglar las que han contribuido decididamente, desde la formación y el compromiso, a perfilar las características básicas del laico adulto comprometido en las tareas temporales a través de su acción misionera en los diferentes ambientes[48].

4.      LÍNEAS DE ACCIÓN CONCRETAS:  

La Comunidad Cristiana, y en ella de modo especial las parroquias, habrán de promover acciones concretas que pongan en contacto directo a sus miembros con los enfermos, con sus verdaderos problemas, que les acerquen físicamente a las personas y lugares donde la enfermedad y la limitación física se viven bajo el signo del sufrimiento, y muy especialmente con aquellos donde esta realidad es más aguda y deshumanizante. Acciones que impliquen directamente a la comunidad entera en compromisos concretos de promoción humana y evangelización.  
Señalamos a continuación algunas de las tareas más significativas que la comunidad cristiana tiene que ir incorporando en su acción pastoral en orden a la incorporación plena y activa de los enfermos y minusválidos en la vida de la Iglesia y en su misión evangelizadora.  

4. 1. Sensibilización y corresponsabilidad:  

En orden a sensibilizar a todos sus miembros y realizar la pastoral con los enfermos:  

Crear en las parroquias equipos de pastoral cuya finalidad sea atender la evangelización de los enfermos:  

Mucho se ha hecho ya en este sentido. Son numerosas las parroquias que cuentan con equipos que programan y coordinan los diversos servicios o acciones pastorales realizadas con los enfermos.  
Será enriquecedor, más testimonial y eficaz el ir incorporando a los propios enfermos y a los disminuidos físicos en estos grupos de “visitadores”. Y también contar con sus asociaciones, y movimientos.[49]  

Acercarse a los enfermos sin paternalismo ni superioridad:  

Estamos acostumbrados a rechazar la indiferencia y el egoísmo como actitudes contrarias al espíritu evangélico, pero también hemos de hacer lo mismo con la superioridad y el paternalismo... ya que, también éstas, conducen al enfermo al mismo callejón sin salida: la resignación, la inutilidad, la incomprensión y la soledad más radical.  
La resignación, no resulta ser la más cristiana de las actitudes, con ella hemos provocado demasiado aislamiento y dolor, con ella hemos provocado la increencia de muchos enfermos que lejos de sentirse inútiles necesitaban ser reconocidos como personas. Nuestro acercamiento no puede estar básicamente guiado por lo que le falta al enfermo, por lo que no tiene, por lo que ha perdido, sino por las posibilidades que le quedan, por su deseo de vivir, de salir de la situación en la que se encuentra. Nuestro mensaje no puede ser pedir al enfermo que acepte, ofrezca y sufra con resignación. Al menos no puede ser en primer lugar, ni exclusivamente.  

Despertar y animar vocaciones seglares para ejercer el servicio a los enfermos: 

La comunidad cristiana deberá ayudar a sus miembros a descubrir el mundo de los enfermos y minusválidos como un campo concreto donde vivir el compromiso de la fe al servicio de los demás. Esta acción nos facilitará el poder contar con personas motivadas, formadas y con disponibilidad.  

Procurar la formación adecuada para los responsables de la pastoral con los enfermos:  

La formación permanente de los diferentes agentes o responsables de la acción pastoral con los enfermos es una tarea ineludible, más en estos momentos en los que la realidad de la fe ha de vivirse en un ambiente fuertemente descristianizado y de increencia que afecta muy particularmente a los enfermos y minusválidos. Para servir y evangelizar a los enfermos no es suficiente con la buena voluntad, ni siquiera con la experiencia en este campo, es necesario, además, para insertarse adecuadamente en el mundo de la limitación física y la enfermedad, contar con una formación adecuada.

Preocupación por la totalidad de la persona en su condición de enferma o discapacitada:  

“La salud, en el plano natural, y la salvación, en el plano sobrenatural, teniendo por sujeto al hombre, se colocan en una perspectiva armónica y unitaria”.[50]  
La Evangelización que pretendemos en el mundo de la salud nos conduce a la preocupación por la persona total, por su cuerpo (limitaciones y posibilidades) y por su espíritu (angustia, complejos, interrogantes profundos, búsqueda de respuestas, esperanza y fe...). Todo ella íntegra y plenamente ha de ser objeto de nuestra atención y servicio.

Dimensión personal:

El enfermo necesita de nosotros muchas cosas: ser curado, sentirse apoyado, alivio en su dolor, medios técnicos para rehabilitarse y poder funcionar, compañía en la soledad del hospital o de su domicilio... Pero necesita también, y esto es muy importante, ser valorado en sí mismo, amado en sí mismo, no por su enfermedad o minusvalía.
Lo más importante no son los medios técnicos que podamos emplear para paliar las consecuencias de su fragilidad, ni nuestras palabras de “consuelo”, ni siquiera los sacramentos que les administramos...[51] lo que realmente necesitan de nosotros, lo que verdaderamente puede sanar y curar, en el pleno sentido de la palabra, será nuestra acogida respetuosa y desinteresada.

Dimensión espiritual:

La medicina, las instituciones, los recursos técnicos y humanos... abordan hoy la salud corporal como un reto permanente y con evidentes resultados, pero su acercamiento al hombre suele ser parcial, fragmentado. Incluso la psicología, las terapias de apoyo personal y familiar marginan la dimensión trascendente, la vida espiritual, la fe. Nuestra presencia evangelizadora apunta hacia la sanación integral y por lo mismo hacia la verdadera salud. Jesús es la Salud,[52] él cura a la persona desde sus raíces, no se acerca a ella sólo para la curación física sino para sanarle íntegramente, para reconstruirle completamente de forma que llegue a ser un hombre nuevo.[53] 
En este aspecto, cada persona es para nosotros un reto, no podemos partir de respuestas prefabricadas, es necesaria la formación catequética y pastoral que nos capacite para despertar la fe y la confianza en Dios.  
Debemos presentar al enfermo nuestra fe, sin imposiciones y sin complejos, el Evangelio es, en muchos casos, la mejor de las medicinas. No podemos renunciar a ofrecerla, como tampoco podemos imponerla.  

Dimensión transformadora:

Nuestra acción evangelizadora ha de integrar en su dinamismo la defensa de la dignidad inalienable del enfermo, todos sus derechos, en todas sus dimensiones.  
Esto nos conduce también a la necesidad de conocer cuales son sus reivindicaciones más importantes, sus necesidades concretas, las causas y las consecuencias de su marginación social.  
La función de los creyentes comprometidos en el mundo de la salud ha colaborado siempre con su acción en la mayor humanización de los lugares de asistencia y de salud. Debemos seguir haciéndolo; de modo que “la asistencia sanitaria alcance, en el mundo, una más equitativa distribución en beneficio de todos e indistintamente del status social”.[54]  
No podemos hablar de una promoción auténtica de la vida humana sin una creciente humanización de la medicina y de la atención a los enfermos.
[55]Mucho de lo conseguido hay que apuntarlo en el haber de la comunidad eclesial y su presencia evangelizadora en el mundo de la salud. Tenemos que seguir.  
Con respecto a los disminuidos físicos, la fe y nuestro compromiso en el mundo de la salud, nos sumerge también en la dimensión social, política y económica que conlleva la aspiración de integrarse plenamente en la sociedad. Esta dimensión transformadora del mundo de la salud forma parte de la evangelización
[56] y es necesaria, hoy más que nunca, para que nuestro mensaje obtenga credibilidad[57].
Nuestra acción pastoral ha de incorporar en su dinamismo más profundo la fuerza transformadora y profética que emana del Evangelio luchando contra las injusticias que se cometen frecuentemente en el mundo sanitario, en las políticas de la salud que atentan contra los derechos humanos más fundamentales, incluso contra la vida de los más débiles (aborto, eutanasia).  
Por otra parte, es importante que esta acción sea liderada y coordinada por los propios enfermos creyentes, en solidaridad y coherencia con las reivindicaciones sociales de otras organizaciones que desde ámbitos civiles luchan también por los derechos del enfermo y la integración de los mismos en la sociedad. Es este un terreno donde los disminuidos físicos creyentes, como seglares, tienen un amplio campo de apostolado y un protagonismo que hemos de reconocer y potenciar.
 

Cuidar la dimensión cristiana y eclesial de la familia de los enfermos:  

La familia del enfermo, como Iglesia doméstica, ha de ser también sujeto de nuestra acción pastoral. La comunidad cristiana deberá realizar un esfuerzo por acercarse a ella de forma que, constituyéndose en célula viva de la fe, pueda ofrecer al enfermo la experiencia de una comunidad cristiana inmediata que ora, celebra y vive la enfermedad y la asistencia a sus miembros más débiles, con esperanza. Esta tarea deberá estar enmarcada en el conjunto de acciones pastorales que la comunidad realiza hacia las familias en general. Muchas enfermedades superan las posibilidades de la propia familia y necesitan el apoyo directo, acogedor y desinteresado de la Iglesia.  

Procurar la accesibilidad de nuestras parroquias y locales:  

Una de las graves dificultades para los disminuidos físicos son precisamente las llamadas barreras arquitectónicas, es decir: las escaleras, las puertas estrechas, los lugares intransitables, los aseos donde no pueden entrar, etc.  
Y también la palabra de Dios es iluminadora de esta experiencia: La gran roca colocada a la puerta del sepulcro donde pusieron el cuerpo sin vida de Jesús, se convierte en un signo profético que trasladado al tema que nos ocupa, adquiere una asombrosa actualidad. La enorme piedra, sellada y vigilada por la guardia judía, nos habla de “una auténtica barrera” cuya finalidad no era otra que impedir el acceso de los discípulos al cuerpo de Jesús. No resulta difícil comparar esta “roca” con las enormes y bellas escalinatas que, protegidas por leyes de patrimonio –justas y necesarias-, vigiladas y restauradas..., sin pretenderlo quizá, cumplen la misma finalidad que la piedra del sepulcro: impedir el acceso al Cuerpo de Jesús, la Iglesia, de quiénes amándole no podrán acceder a Él, por sí mismos, mientras esas escaleras no desaparezcan. Y no sirva, al menos como aspiración y proyecto el que siempre aparezca el alma caritativa que se ofrece a subirnos como si de un “anda” se tratase, es más fácil, más humanizado y más digno adaptar nuestros templos y dependencias.  
La opción por la incorporación de los minusválidos en la misión evangelizadora de la Iglesia exige también dedicar a ellos, además de personas y palabras, medios técnicos y económicos para posibilitar su acceso a nuestras instalaciones.  
Una comunidad sensibilizada, que acoge a los enfermos y minusválidos, necesariamente tiene que plantearse como exigencia apostólica y de justicia la eliminación de las barreras arquitectónicas. Este esfuerzo será un “signo” de nuestra voluntad integradora o por el contrario, nuestras escaleras y obstáculos físicos se convertirán en puntos de referencia que denuncian directamente la poca veracidad de nuestras palabras cuando hablamos de acoger y servir a los más pobres. Tengamos en cuenta que ésta es hoy una de las demandas más comunes en todos los colectivos de minusválidos con respecto a la sociedad.  
En muchas ciudades y pueblos están apareciendo rampas, ascensores y van desapareciendo los escalones... la Iglesia no puede permanecer al margen de esta conciencia que va creciendo en nuestra sociedad y que se traduce poco a poco en soluciones concretas[58].  
Una Parroquia que va poco a poco adaptando sus edificios y dependencias es sin duda un signo del amor de Dios, que encarnado en la realidad humana concreta, generación tras generación, no les abandona en sus dificultades y aspiraciones, acogiéndoles, con las consecuencias que conlleva el amor al prójimo si este es de verdad y no sólo de palabra.[59]  

4.2.  Integrar a los enfermos en la vida entera de la comunidad cristiana:  

Conocer la realidad:  

Ya hemos dicho que la comunidad cristiana tiene que conocer a los enfermos y minusválidos que viven en su ámbito de actuación: quiénes son, dónde residen, con quién conviven, qué enfermedad o limitación física les afecta, cuáles son sus necesidades más importantes, su situación de fe.  
En esta tarea, que ha de realizarse especialmente a través de las “visitas”, la comunidad cristiana tiene un fuerte apoyo en los grupos de “visitadores de enfermos” que desde hace años han ido constituyéndose desde la Pastoral de la Salud, y especialmente en los enfermos y minusválidos que desde la Frater se dedican a ello con verdadero espíritu misionero y con una larga experiencia en este campo. Contar con ellos y posibilitar la realización de esta tarea pastoral en el seno de la comunidad es otra forma concreta de incorporarles activamente. Su aportación en este aspecto será de gran valor mentalizador con respecto a toda la comunidad.  

Servir primero a los últimos:  

A ello nos invita directa y permanentemente el Evangelio: “los últimos serán los primeros” (Mc 10, 31). Lo hemos aprendido de nuestra fe en Jesucristo: hemos de estar más cerca de aquellos que más sufren, de aquellos que más nos necesitan. Ellos son la imagen viva del Dios encarnado: “... os lo aseguro, cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, lo hicisteis conmigo”.[60] Ellos son los bienaventurados del Reino de Dios.[61]  
Así nos lo recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: “Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres (cf Mt 25, 31-36). La buena nueva `anunciada a los pobres´ (Mt 11, 5; Lc 4, 18) es el signo de la presencia de Cristo”.
[62]Y también la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis en sus orientaciones pastorales para la Atención a los Minusválidos en la Iglesia y en la Escuela: “Entre los pobres se juega la causa de Jesucristo. Entre ellos se verifica, se comprueba la autenticidad del reino”.[63]
En nuestro mundo actual y en la cultura dominante, estructurados al servicio de los privilegiados, los servicios sanitarios y el cuidado de los enfermos no están  todavía al alcance de todos. Acercarnos a los más pobres, con la fuerza del Espíritu de Jesús que habita en nosotros y con el mayor de los respetos acentúa la autenticidad de nuestro amor gratuito. El Evangelio nos invita a ello siguiendo el ejemplo de Jesús que no sólo curaba a los “suyos” sino que se acercaba a los pecadores y a los paganos. Seguramente, en los casos donde el mal se experimenta como algo insoluble y en las situaciones más marginales del mundo de la enfermedad estaremos atendiendo a los que, como el paralítico del Evangelio, “no tienen a nadie” que les meta en el agua; ni siquiera a sí mismos.[64]
 

Posibilitar la participación de los enfermos y de los minusválidos en la vida normal de la comunidad:  

La comunidad ha de posibilitar la participación activa de los minusválidos en su vida normal ofreciéndoles actividades y responsabilidades concretas en las que ellos puedan integrarse plenamente. Esta tarea incluye al menos los aspectos más importantes de la vida comunitaria:  
La participación en la Eucaristía de los domingos, incorporarles a los procesos catequéticos y de educación en la fe que la parroquia tiene establecidos para todos sus miembros, informarles periódicamente de las actividades y acontecimientos más significativos, de forma que puedan conocer la vida y la marcha de la comunidad cristiana sin sentirse excluidos...  

4.3. Utilizar con los enfermos un lenguaje positivo y esperanzador:  

Una y otra vez nos vemos obligados a insistir en esto. Aún a costa de ser repetitivos o mal interpretados.  
El problema del lenguaje y del diálogo con los enfermos se ha convertido hoy, en un verdadero reto para todos los agentes de la pastoral de la salud, un reto al que debemos hacer frente partiendo de una teología fundamentalmente positiva según la cual Dios es el Dios de la vida, el Padre de la misericordia que busca la felicidad y la realización humana, que nos salva y nos abre a la esperanza más allá de nuestras limitaciones, más allá de las situaciones extremadamente oscuras de la vida. Un Dios que no nos deja solos en el dolor y en el sufrimiento.  
Frente a la experiencia del sin sentido y del ¿por qué? de lo que está ocurriendo, nuestro lenguaje, en este momento especialmente delicado de la persona humana, es fundamental. Ha de ayudar al enfermo a superar la idea, todavía excesivamente extendida, según la cual la enfermedad es una “prueba”, un “castigo” o una “visita” de Dios.  
Es necesario elaborar una teología del dolor que sin duda ha de comenzar por cambiar el lenguaje ‘clásico’ sujeto a interpretaciones ambiguas que ocultan el verdadero rostro del Dios vivo, del Dios de la vida, que empujan al enfermo hacia el vértigo del sin sentido o de la desesperación, que le colocan al borde del reproche y la increencia. Una teología del dolor que utilizando un lenguaje sencillo y asequible, evangélico y antropológico facilite el acompañamiento de la fe y de la esperanza de aquellos que han de creer contra toda esperanza que han de vivir el amor de Dios integrado en su condición de fragilidad extrema.  
El lenguaje de nuestra propia vida, más que nuestras palabras, hará posible la experiencia de la ternura de Dios y su misericordia.  

4.4. Potenciar la presencia evangelizadora de los enfermos en la parroquia:  

Los enfermos han de estar presentes en la comunidad no sólo porque como miembros del Pueblo de Dios forman parte de ella sino también porque su testimonio es necesario y enriquecedor para toda la comunidad. Con la fuerza de su debilidad evangelizan a toda la comunidad. Su oración, sus palabras, su compromiso apostólico será un testimonio que anime a todos los miembros de la comunidad a superar las dificultades confiando más en la acción del Espíritu que en nuestras propias fuerzas. Los enfermos, si les conocemos bien, si les ayudamos a superar las barreras que ellos no pueden salvar con sus propias fuerzas, si cuentan con la formación adecuada y con la acogida de la comunidad, estarán presentes en ella participando activamente en su acción evangelizadora, bien como catequistas, integrados en grupos concretos de liturgia, en las acciones de caridad, en los movimientos etc.  

Integrar a los enfermos en las acciones de animación, discernimiento y acompañamiento vocacional, ayudándoles a descubrir y vivir su vocación cristiana:  

Ellos, como cualquier otro miembro de la comunidad necesitan que alguien les acompañe, les oriente y anime a ir respondiendo, en el proceso personal de su fe, a la llamada que el Señor dirige a todos sus hijos para que se incorporen al “trabajo en su viña”.  
Hay que despertar vocaciones a la vida apostólica, y también en algunos casos a la vida religiosa y al sacerdocio, entre los enfermos y minusválidos de la comunidad cristiana. Ponerles en contacto con movimientos apostólicos especializados, con asociaciones y congregaciones religiosas, con los seminaristas, etc. son acciones pastorales, que la comunidad realiza, especialmente con los adolescentes y jóvenes, de las que no debemos excluir a priori a nuestros hermanos enfermos o minusválidos, al menos no por su limitación física.  
Los propios movimientos apostólicos, los grupos y asociaciones cristianas, las ordenes religiosas y congregaciones deben estar abiertas y sensibilizadas para acoger en su seno a creyentes adultos en la fe que desean acercarse o integrarse en ellos.

4.5. Renovar la práctica de los sacramentos de los enfermos: 

La Iglesia, Sacramento de Salvación, ofrece la gracia de Dios, la fuerza de su presencia salvífica, de manera especial a través de los Sacramentos.[65]  
Es necesario un esfuerzo cada vez mayor no sólo para que los enfermos participen de ellos sino para que lo hagan con fe y activamente. Esta sensibilización y renovación de la práctica actual es necesaria para ir desterrando las costumbres y hábitos que llevan por un lado a la poca participación y por otro a la rutina, el ritualismo, la separación de los mismos de la vida, etc.  
En los llamados sacramentos de los enfermos, la persona que los recibe en situación de fragilidad ha de encontrar en ellos no acciones finales sino signos vivos y significativos. Signos que le ayuden a iniciar o continuar su camino de dolor y sufrimiento, de limitación y dependencia, con esperanza. De lo contrario, la administración de los sacramentos vendrá a reforzar el temor y la angustia que envuelven la psicología de la enfermedad.  

Integrar los sacramentos en el conjunto de nuestra acción evangelizadora con los enfermos:  

Hemos de celebrar los Sacramentos integrados en el proceso global del servicio que la Iglesia realiza con los enfermos teniendo en cuenta todas sus dimensiones, personal, sanitaria, social y eclesial. Lo habitual debería ser que la celebración de los sacramentos fuese la culminación de “una relación significativa”[66] con el enfermo y el resultado de un proceso de fe personal realizado por el propio enfermo.  
Esto nos ayudará a evitar la celebración de los ritos sin la suficiente evangelización y catequización,[67]respetando el ritmo personal de iniciación y maduración en la fe, sin forzar las situaciones.[68]  
En este sentido será muy positivo potenciar las celebraciones comunitarias de la Penitencia y de la Unción.  

Fomentar la existencia de ministros extraordinarios de la Eucaristía: