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LOS
ENFERMOS EN LA PARROQUIA: UNA PRIORIDAD 1.
Curad a los enfermos ... y decidles: Ya os llega el Reino de Dios (Lc 10,
9). Desde sus
comienzos y a lo largo de los siglos, la Iglesia siempre ha considerado el
servicio a los enfermos y a quienes sufren parte integrante de su misión
(Motu proprio Dolentium hominum, 1), hasta el punto de vivirlo y
reclamarlo para sí como un derecho y un deber inalienable (Cf. AA 8).
Esta conciencia está en el origen del inmenso mosaico de actividades y
servicios, de obras, instituciones y personas que, a menudo en silencio,
han escrito a lo largo de la historia de la Iglesia hermosas páginas de
generosidad para con el prójimo y de fidelidad al Maestro, el Buen
Samaritano. El tema
escogido para el presente año desea poner de relieve un dato fundamental:
el servicio a la salud y a los enfermos es tarea de toda la Iglesia, forma
parte de su entraña salvífica y evangelizadora. Dentro de la lógica
distribución de ministerios y funciones, ha de ocupar un lugar
prioritario en las comunidades cristianas. La razón última de esta misión
se encuentra ante todo en el ejemplo y en la praxis de Cristo, y en el
hecho significativo de que Él, en el mandato apostólico, haya unido
inseparablemente el anuncio del Reino y el servicio a la salud y a los
enfermos. No es concebible, pues, una evangelización que no integre, como
tarea propia, los acontecimientos fundamentales de la existencia -como
denomina Juan Pablo II a los que se dan en el mundo de la salud y de la
enfermedad (Cf. Dolentium hominum 3)- y el servicio a quienes los están
viviendo. De ahí que
el Concilio Vaticano II recuerde, en diferentes documentos, a los obispos
y sacerdotes el deber de mostrar una atención y sensibilidad preferente
hacia los pobres y los enfermos. 2. Comunidades para anunciar, celebrar y servir. Resulta
esperanzador el hecho de que, especialmente en estos últimos años, la
pastoral de la salud, sin abandonar las instituciones sanitarias y
sociosanitarias, esté regresando en buena medida al ámbito de la
comunidad parroquial. Esta realidad abre nuevas posibilidades a la
parroquia. No en balde
la parroquia, aún en medio de la gran movilidad y de los masivos
desplazamientos de las gentes, sigue siendo para muchos el centro de la
vida litúrgica y el lugar donde se aprende y practica el apostolado
comunitario. A este dato hay que añadir otros hechos no menos
determinantes. Ante todo la comprobación de que es en el territorio de la
parroquia donde viven la mayor parte de los enfermos y aquellas personas
que, junto con ellos, son los principales destinatarios y agentes de la
acción pastoral. Hoy la salud
tiende a estar cada vez más domiciliada. La sanidad está viviendo un
desplazamiento al que la Iglesia no puede ser ajena. Un buen servicio a la
salud y a los enfermos pasa necesariamente por la promoción de la misma,
es decir, por la propuesta de estilos de vida y valores saludables, por
generar una nueva cultura de la salud y la enfermedad, por incentivar la
solidaridad, por integrar a los más débiles dentro de la comunidad, por
denunciar todos los sucedáneos de vida, por atender aquellas patologías
que tienen una honda raíz conductual y espiritual. No dudamos,
pues, en afirmar que toda comunidad cristiana ha de encarnar el modelo de
salud ofrecido por Cristo a los hombres y mujeres de su tiempo. Traducido
a algunas de sus expresiones actuales, esto significa, por ejemplo, que la
comunidad es cristiana porque se siente salvada y sanada en su interior,
porque experimenta el gozo de la salvación y comprueba que creer, esperar
y amar es saludable; porque en ella se apuesta por valores que, aunque no
estén de moda, liberan de esclavitudes y dan sentido nuevo a la vida;
porque acoge y no excluye, porque abre a todos la mesa del Pan y de la
Palabra; porque es creativa, como el amor, en el servicio. Que la Campaña
del presente año contribuya a promover y renovar esta conciencia dentro
de las comunidades cristianas. Con este fin os proponemos unas
sugerencias. 3. Para seguir caminando. Invitamos a
las comunidades a que tomen conciencia y valoren cada día más la
presencia saludable de Cristo en su Iglesia: por medio del Espíritu, que
renueva y vivifica; por la Palabra, que ilumina y enriquece; por los
sacramento, fuentes de salvación y, por tanto, de una nueva calidad de
existencia; por la oración, capaz de transformar la propia vida; por la
comunidad, hogar de salvación y de salud. Es urgente
avivar la conciencia de que la salvación ofrecida por Cristo, y de la que
es sacramento la Iglesia, es ya en este mundo, camino de plenitud,
portadora de sentido, sanadora de la libertad herida. De este modo,
cristianos y comunidades cristianas recuperarán la conciencia de la misión
sanante de la Iglesia: ésta tiene por gracia poder no sólo asistir y
cuidar, sino también promover una vida más humana y más digna del
hombre, para ayudar a convivir con los límites y y reconciliarse con la
muerte, para suscitar una nueva cultura de la salud, para evangelizar el
modo de vivir la salud, la enfermedad y la muerte. Tiene asimismo recursos
a través de los cuales la Gracia no sólo llega a los últimos pliegues
del alma, sino que también puede curar heridas y devolver el entusiasmo a
la persona. Conscientes
de la eficacia salvífica y sanante de la fe celebrada, las comunidades
cristianas han de intensificar a lo largo del año la oración por los
enfermos y con los enfermos, sobre todo en las Eucaristías dominicales y
en tiempos litúrgicos señalados como el Adviento, la Cuaresma y la
Pascua, tiempos en los que hay que invitar a los enfermos a celebrar los
sacramentos de la Reconciliación y de la Unción, sea de forma individual
o comunitaria. Una buena
pastoral sacramental requiere, sin embargo, una adecuada evangelización y
catequesis. Los acontecimientos fundamentales de la existencia han de
estar más presentes en la educación y celebración de la fe. Hay que
educar e iluminar para vivir cristianamente la salud y la enfermedad
-incluso antes de que ésta llegue- el sufrimiento y la muerte; hay que
evangelizar para generar iniciativas de solidaridad dentro de la comunidad
y para transmitir valores sanantes. La atención
prioritaria a los enfermos ha de llevar también a las comunidades a
integrarlos en lo posible dentro de la comunidad, a hacerlos partícipes
de su vida, a favorecer su presencia en la Eucaristía o bien llevarles la
comunión a su domicilio, y a promover para todo ello formas de
asociacionismo. Toda
iniciativa pastoral con los enfermos ha de tener presente que ellos mismos
son evangelizadores. El acrecentamiento de esta sensibilidad no sólo
modifica los estilos de acción pastoral sino que contribuye a dar cauce y
participación a quienes, por su experiencia de vida, enseñan y
evangelizan a menudo sin palabras. En el fondo
de todo ello late la necesidad de dar vida en toda comunidad cristiana a
la pastoral de la Salud. Esperamos que la Campaña del Enfermo sea un buen
estímulo para crearla donde no existe y potenciarla donde ya está
sirviendo a la comunidad. Finalmente,
una comunidad cristiana sensible y creativa será también origen y cauce
de otras iniciativas, entre las cuales destacamos por su importancia las
diferentes formas de voluntariado, y la colaboración entre la comunidad
parroquial y las instituciones de salud. 4. Mirando hacia adelante con esperanza. Somos
conscientes de que cuantos trabajan como cristianos en el mundo de la
salud y de la enfermedad, bien sea en la parroquia o en las diferentes
instituciones, han de ser testigos de esperanza, sobre todo allí donde la
debilidad y la fragilidad humanas contrarían el deseo de vivir. Hay una
esperanza que no defrauda. Una salud y una salvación que sólo Dios puede
dar. Y vosotros sois testigos y agentes de ellas. Con el deseo de que la
Campaña del Enfermo nos aliente en la esperanza, dirigimos nuestra mirada
a Cristo, el autor de nuestra salvación, y le pedimos que, como María,
también nosotros y todos los que sirven a la salud de los hombres y
mujeres de hoy, seamos vehículo de su misericordia salvífica y
saludable. Los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral. |
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