PRIMERA
PARTE
1.-SIÉNTATE,
SIÉNTETE, MÍRATE.
1.1.-
Parada y fonda
Ayer hemos escuchado y trabajado una ponencia sobre la
SOCIEDAD Y LA IGLESIA HOY. Anselmo nos ha ayudado a conocer mejor
nuestra sociedad y nuestro compromiso con ella, a través de nuestro ser
militantes cristianos. Hoy, damos un paso más. Queremos re-conocernos
como Movimiento Apostólico de enfermos y minusválidos al servicio de
nuestros hermanos, desde nuestra condición de creyentes. Antes os
invitamos a hacer un alto en el camino. Es lo que pretendemos en esta
primera parte del trabajo de la mañana: pararnos
¿para qué? Para ver con claridad cómo estamos personalmente y como
Movimiento apostólico y para descubrir entre todos cual debe ser el
camino que debemos emprender en Fraternidad de cara al tercer milenio.
La parada –alto en el camino-, supone descanso, pero también supone
recobrar fuerzas. Para recobrarlas, necesitamos alimentos. Estos
alimentos no tenemos que ir a comprarlos a las tiendas. Los tenemos a
mano, a nada que con generosidad queramos compartir lo que somos y
tenemos. Así se realizará el milagro como el de la multiplicación de
los panes y peces. Recordamos. El milagro se realizó porque un chico
puso a disposición de los demás lo que tenía. Este gesto de
generosidad es lo que provocó la multiplicación.
Estamos reunidos fraternos y fraternas de toda la Frater
española. Cada uno con nuestro recorrido, con nuestras ilusiones y
desganas, con nuestros compromisos y cansancios, con nuestras esperanzas
y desesperanzas, con nuestra generosidad y nuestro egoísmo, con
nuestras alegrías y tristezas. Todos con una experiencia vivida de
fraternidad, animados por la fe en Cristo Jesús. Lo que proponemos es
que quienes se sientan más ilusionados, comprometidos, generosos y
alegres pongan su ilusión, compromiso, generosidad y alegría y se
pongan ellos mismos, al servicio de los demás y se realizará el
milagro de la multiplicación. No queremos caer en la tentación –líbranos,
Señor- de que se multiplique lo que podríamos llamar en frase de Juan
XXIII “los profetas de calamidades”. Multiplicar los lamentos estériles
en forma de desgana, cansancio, desesperanza y egoísmo, hoy aquí, sería
malo e insano para cada uno de nosotros y para nuestro Movimiento. Así
que proponemos: “parada y fonda”
o dicho de otro modo tranquilidad y buenos alimentos con una actitud
profunda de confianza: en nosotros mismos y en nuestras potencialidades –nuestras
capacidades superan a nuestras limitaciones- y en el Dios revelado
en Jesús que ha prometido estar entre los suyos cuando nos reunimos en
su nombre. ¿o es que no estamos reunidos en nombre de Jesús? Porque si
no es así, “apaga y vámonos”….
a la playa, a pasear o a tomar unos finitos en estas tierras malagueñas.
Creemos sinceramente que estamos reunidos en nombre del Señor. Así que
en vez de apagar y marcharnos, encendemos la luz de la confianza en Él
y nos adentramos en nuestro trabajo.
1.2.-
El que entrega su vida la gana, pero el que la entrega a o “loco” se
despeña.
Se nos ha dicho que lo importante es entregar la vida por
los demás y que lo evangélico es “desriñonarse”
por los demás con amor. Es cierto: “El
que da su vida la gana y el que se queda para sí con su vida la pierde”.
Por tanto, lo importante para un cristiano es entregar su vida a los demás.
Pero, ¿qué vida? ¿qué calidad de vida?. Depende del estado de ánimo
que tengamos, seremos portadores de “signos de vida” o de “signos
de muerte”. Proponemos encontrar en nosotros y en nuestro
Movimiento signos de vida, sin negar los que pueda haber de muerte, pero
previamente debemos dedicarnos a ser lúcidos, equilibrados, saludables,
porque en la medida en que lo seamos beneficiaremos a cuantos nos
rodean.
La frase fundacional de la Frater es “Levántate y anda”. Mal podemos andar, si previamente no nos
paramos a coger fuerzas, por eso lo que proponemos en este momento, si
queremos estar bien y ayudar a otros a estarlo es “Siéntate, siéntete”.
Es preciso escuchar nuestro propio interior y ver con sosiego nuestra
realidad. ¿Cómo estoy yo en este momento interiormente, mirando a
mi/nuestra Fraternidad?
Animado, ilusionado, esperanzado o desganado, cansado,
aburrido…
¿Cómo está nuestra Fraternidad de España?. Vamos a
intentar descubrirlo entre todos. Lo que descubramos, aunque sea
negativo y no nos guste del todo, será positivo, si lo recibimos como
alarmas -llamadas de atención-. Las molestias y los dolores de
nuestro cuerpo nos avisan que algo va mal, son una llamada de alarma
para curar el mal que nos anuncian o al menos para intentarlo. Igual
sucede con las alarmas que
nos llegan en Fraternidad.
1.3.-
Parar es por tu bien y el de la Fraternidad
Parar, sentarse, sentirse, dedicarse un tiempo de calma es
lo más difícil de hacer. A muchos les da terror. El mundo mantiene sus
fantasías con la velocidad y las “alucinaciones”…
Parar lleva a la lucidez y a la verdad que está más allá de las
apariencias y de las ilusiones. Pero cuesta des-ilusionarse. Por eso es
costoso parar. Si no paramos por las buenas, ya nos parará una
enfermedad… o varias. Personalmente y como Fraternidad.
Cuidamos lo que se ve y a ello vamos a dedicar un tiempo,
pero habría que aplicar el mismo esmero a “lo que no se ve”: el
ánimo, el pensamiento, las emociones, el humor, la energía propia…
Nos lavamos las manos antes de comer, cuidamos nuestra higiene…, pero
¿tenemos igual de claro cuidar las palabras, las miradas, el contacto,
las emociones, las sinceras motivaciones interiores…antes de
encontrarnos con los demás?.
Antes de quitar la paja del vecino, hay que verse y quitar la viga del
propio ojo. Si estamos acelerados, tensos, desilusionados… contagiamos
excitación, agobio, desesperanza… Si hay en mi calma, relajación,
esperanzado optimismo, transmito serenidad, fluidez, ilusión, aunque no
esté exenta de cansancio.
1.4.-
Una Historia que nos puede ayudar a para despertar de una vez
Cuentan
de él que nació lleno de cualidades. Era inteligente, perspicaz,
amable e incluso “tenía
gancho”.
En
lo que hacía solía tener éxito. Aprendió desde niño, lo que
significaba ser el primero. Le decían que su futuro sería brillante.
El éxito ocupó su interior, no había espacio para lo demás. Poseído
por sí mismo, conoció la tristeza y la depresión. La sed de éxito le
robaba el tiempo. Excluía a quien pudiese ser su rival. En él no había
espacio para los demás.
Y
era incapaz de cambiar. Paralítico, encorsetado, poseído sólo por sí
mismo, por sus cosas, por sus éxitos. Sólo, sin ver su soledad.
Un día, en su vida resonó una palabra. Venía de fuera. Fue un don
inesperado: “Te lo digo a ti: Levántate y anda”.
Abrió
los ojos y se vio rodeado de amigos. Sonrió, ellos sonrieron.
Extendió las manos, repartió lo que en ellas había. “Choca esos cinco, amigo”.
Y las manos se cruzaron llenas de comprensión.
Abrió
los brazos y se sintió abrazado. Su corazón empezó a latir al sentir
el latido de los demás. Movió
sus piernas, se puso en camino, encontró hermanos, repartió sonrisas,
se dio, se perdió y recibió amor.
“Es una lástima –dijeron algunos- con el futuro que tenía”.
Él,
vacío y cansado, en su camino por el mundo, ha aprendido a cantar con
los más pobres una nueva canción.
PRIMERA
PARADA
Reflexión
personal:
Pensando en Frater y concretamente en la que más y mejor
conozco y en mi compromiso en ella, ¿cómo me encuentro en estos
momentos?.
1.- ¿Cuál es el sentimiento que prevalece en mí?
2.- ¿A qué me conduce este sentimiento?
Comunicación
con los vecinos/as:
1.- Comunico a mi vecino/a mi sentimiento predominante y a
lo que creo que me conduce y escucho al otro/a el suyo y me dejo
interpelar por él/ella.
2.- Comunicamos y contrastamos con los/as dos vecinos/as de
al lado lo que hemos reflexionado nosotros dos.
3.- Entre los cuatro intentamos sacar una conclusión
que ponemos por escrito.
SEGUNDA
PARTE
2.-
HEMOS TENIDO UN SUEÑO
2.1.-
Nos encontrábamos en el Pueblo de la Fraternidad
Hemos tenido un bonito sueño. Os lo queremos comunicar:
Estábamos en un pueblo. Se llamaba FRATERNIDAD. Parece que en él no había muchas normas, sin embargo
todo estaba bien organizado. Todos parecían animados por un espíritu
que por serlo, no se veía, pero se intuía. Era un pueblo extraño,
parecía que sus habitantes habían venido de una guerra, habían
sufrido un accidente colectivo o algo parecido. Casi todos estaban un
poco changaos: cojos, mancos, con dificultades para hablar o moverse.
Parecía que allí debía haber malos humores, tristeza, abatimiento…
pero, no, les encontramos a todos caminando
en alegría, incluso contagiosa, para los que llegábamos y ella
en medio del sufrimiento y la experiencia dura de la limitación. Muchos
andaban en cochecitos y, aunque no había semáforos que regulasen el tráfico,
se circulaba bien.
Nos llamó la atención el nombre de las calles: calle de la
relación personal, de la amistad, del encuentro, del buen humor, calle
de la solidaridad, del compromiso, de la debilidad, de la fortaleza, de
la esperanza, de la fe… Todas las calles confluían en la plaza que, a
primera vista, tenía un
nombre extraño, Plaza del Padre Franñois.
2.2.
El fundador del Pueblo
Luego supimos que era el nombre del fundador del pueblo. Fue
el mayor de doce hermanos, aunque siete murieron muy pequeños. Se hizo
cura, de puro milagro, porque mientras estuvo en el seminario pasó por
muchas enfermedades, era un chico debilucho. Algunos de los responsables
del seminario no querían hacerle cura, pero el obispo, que se llamaba
Monseñor Ginisty, pensando que iba a durar poco, le ordenó de
sacerdote “para que pueda celebrar unas cuantas misas antes de morir”. Era el
año 1922. No le dio ningún destino. Le mandó a su pueblo con su
familia para que le cuidasen, y le ayudasen y acompañasen a bien morir,
pero él buscó al cura de su pueblo y le pidió realizar alguna
actividad. Éste, bastante confuso, le dijo simplemente: “puedes
dar catecismo y visitar a los enfermos”. Con esta acción,
descubrió un mundo nuevo para él, el de los enfermos y
los pobres que vivían en medio de la miseria, lo que fue para él
una revelación de gran transcendencia para su vida, que le ayudó a
vivir la exigencia evangélica del compartir, lo que sin duda dio un
nuevo sentido a su vida, que “milagrosamente” se alargó
hasta la edad de los 85 años.
Como no se moría, en 1923 le
dieron un destino, cura de
Ligny. Allí estuvo varios años. Sin descuidar sus visitas a los
enfermos, trabajó con los jóvenes, dirigió teatro, tenía un
proyector de cine –auténtico avance- en la sala de catequesis. En las
fiestas patronales visitaba todas las caravanas de los feriantes y
departía con cada uno de ellos preocupado por su situación familiar y
social. Animado por sus feligreses católicos, ya que por entonces en su
pueblo había autoridades anticlericales, se presentó a las elecciones
municipales y salió elegido alcalde. Tenía amigos en todas partes,
escribió un libro sobre “la Vida del Beato Pierre de Luxembourg”.
Generoso y desprendido, ante todo era un sacerdote profundo,
sobrenatural, que sabía guiar almas y transmitir paz a los que sufrían.
En 1929 cambió de parroquia. Fue cura de Fains-les-Sources.
Allí estaba el Hospital Psiquiátrico del Departamento, servido por un
sacerdote mayor que murió, por lo que el Padre Franñois fue nombrado
capellán del mismo. “Mi
ministerio para con los enfermos, decía,
se ensancha. Siento que hago un bien a los enfermos del Hospital. Yo soy
su único amigo. Ellos no tienen contacto más que con los vigilantes
-que, como dice la palabra “vigilan” y con los médicos
–quienes en su opinión no son sus amigos, sino los que los tienen
encerrados-. Esta relación con los enfermos mentales ha representado
para mi una experiencia extraordinaria sobre la fragilidad del mecanismo
psíquico y sobre las repercusiones de lo físico en lo mental y
viceversa”.
En 1937 recibió el encargo de ser cura de la parroquia de
San Víctor, una de las cinco parroquias de Verdún. Coincidió su
trabajo en esta parroquia con la segunda guerra mundial, lo que hacía
especialmente difícil la tarea, a la que se dedicó con generosidad. En
1942 murió el Capellán del hospital de Verdún. Muchos sacerdotes
estaban presos y no era fácil encontrar sustituto. El Obispo pensó en
el P. Franñois, tan apreciado en el mundo de los enfermos. Él, antes
enfermo en el hospital, había descubierto la importancia de la relación
personal entre los que pasan por la misma situación y cómo se establecía
una verdadera relación personal y una amistad que duraba años. Al no
tener tiempo él para realizar esta tarea de la visita a los enfermos,
invitó a realizarla a otros enfermos y minusválidos. Les formó
cuidadosamente para la tarea y la experiencia comenzó. Cada mes se reunían
en equipo para revisar las visitas y estas enfermas, en principio fueron
sólo mujeres, recibían con esta acción una inyección de entusiasmo.
Ellas, a quienes nunca hasta entonces se les había pedido nada y más
bien se pensaba en ellas sólo para cuidarlas, ahora se sentían
revivir, se convertían en personas activas, responsables. Por otra
parte, los enfermos visitados experimentaban una nueva alegría y ganas
de vivir y entre ellos nacían verdaderas amistades. Las visitadoras no
sólo iban a visitar a los enfermos que les indicaba el cura, sino que
iban a visitar a enfermos de otras parroquias. Todo esto sucedía entre
los años 1942-45, reuniéndose un pequeño grupo de diez personas en
todos estos años una vez al mes. El Padre Franñois recordaba lo que
había dicho el Papa Pio XI en la “Quagragésimo anno”: “los
apóstoles de los obreros serán los obreros…. Los apóstoles de los
empresarios y comerciantes serán los empresarios y comerciantes…”
y él mismo añadía: “los
apóstoles de los enfermos y minusválidos serán los enfermos y minusválidos”,
por consiguiente, nadie mejor que un enfermo para visitar a otro
enfermo, y llevarle los valores del Evangelio.
El grupo de visitadoras le pidieron que les diera un retiro en Benoite-Vaux,
centro mariano de la Meuse. Él, que tenía un genio fuerte,
exclamó “no vamos a hacer un retiro para cinco o seis. Allí hay ochenta
camas”. Estas mujeres, motivadas por esta invectiva, decidieron
invitar a los enfermos de toda la diócesis a este retiro, cosa insólita
y que sucedía por primera vez, un retiro sólo para enfermos. Acudieron
unos cien. El padre Francois hizo un retiro clásico adaptado a las
necesidades del auditorio, pero los participantes fueron los que dieron
la nota. Las parroquianas de Verdún contaban a los demás enfermos lo
que ellas hacían y los invitaban a hacer lo mismo en sus respectivos
lugares. Así nació, a los pies de la Virgen, este pueblo de la
Fraternidad, que entonces llamaban ya Movimiento y que se extendió
primero por Francia y después por todo el mundo. Este pueblo de nuestro
sueño no sabríamos dónde situarle, aunque si tenemos ocasión, vamos
a proponer que se dedique una calle a esas primeras
enfermas-visitadoras.
En este pueblo de la Fraternidad hemos descubierto la
importancia de la relación personal de los que pasan por la misma
situación y que, por consiguiente, nadie mejor que un enfermo y minusválido
para anunciar el evangelio a otro enfermo y minusválido, no tanto con
el lamento común de su situación de carencia, sino poniendo al
servicio de los demás la experiencia regeneradora de la propia
enfermedad y limitación, para, juntos, hacerse un sitio en la propia
sociedad y la Iglesia, como elementos dinamizadores de las mismas. Fue
un gran descubrimiento que cuando lo fueron descubriendo otros muchos,
les ayudó a descubrir nuevas potencialidades en los que hasta entonces
sólo habían sido sujetos pasivos, receptores de cuidados.
2.3.-
Los vecinos, los más importantes
En este pueblo todos parecían sentirse importantes, y sin
embargo a ninguno se le subían los humos a la cabeza, ni miraba a su
vecino por encima del hombro, Todos daban importancia a lo que hacían y
nadie se sentía más importante que los demás por lo que realizaban.
Cada uno sabía lo que tenía que hacer y cada uno descubría
paulatinamente el camino que debía recorrer, poniéndose los unos al
servicio de los otros y, todos, al servicio de su mundo. Siguiendo el
ejemplo del Fundador, todos tenían alguna responsabilidad, por pequeña
que fuera. Así todos se sentían “importantes” y
corresponsables en la marcha del pueblo. La calle del servicio era de
las más transitadas a la caída de la tarde.
2.4.
Un pozo de agua viva
En medio de la plaza del pueblo había un pozo
donde todos iban a por agua. A nadie se le ocurría gastar un duro en
otras aguas de las llamadas “minerales”, ni siquiera
“medicinales”. El agua del pozo calmaba y colmaba su sed. Era vital
en el pueblo, de tal manera que todos tenían conciencia de su valor.
Calmaba la sed material, y también la más interior. En lo alto del
brocal del pozo había una estatua “AL
DIOS CONOCIDO”.
La estatua no era un mero adorno. Respondía a lo que había sido
siempre, desde la fundación del pueblo, hace más de cincuenta años,
algo vital para sus habitantes, la conciencia de que en medio de ellos
vivía un Dios conocido, cercano, humano, comprometedor. Frecuentemente
se oía su voz por la emisora local:
“¿Qué has hecho de tu hermano?”. Esta pregunta no asustaba a
los habitantes del pueblo, más bien les inquietaba y trataban de
adecuar su vida pensando en ella y en él, en el hermano. No era, pues,
un mero adorno la estatua, sino que curiosamente la estatua y el agua
que brotaba del pozo se mezclaban. El manantial era una fuente de agua
viva, algunos nos dijeron que la sentían como venida de lo más
profundo de su ser, que se enraizaba en una fe profunda en el que decía
que era hijo de ese Dios conocido, un tal Jesús al que percibían vivo
entre ellos, del que permanentemente resonaba su palabra: “levántate
y anda” y que les animaba a caminar de una manera nueva y dinámica,
en un compromiso personal y comunitario al servicio de la colectividad.
Beber del mismo pozo hacía que los habitantes de aquel pueblo tuvieran
un estilo de vida que daba unidad profunda a su pensar y actuar y que
este actuar fuera realizado de forma diversa, atentos a las necesidades
y realidades y situaciones concretas de los pueblos de alrededor, en un
compromiso alegre y generoso. Todos tenían en común todo y nadie
pasaba necesidad entre ellos, porque si alguno no podía ir al pozo,
otros les llevaban el agua para que bebieran de ella y así calmaran su
sed para salir al encuentro de otros como ellos.
2.5.-
Del hundimiento al compromiso
Cuentan las crónicas que muchos de los habitantes de aquel
pueblo llegaron a él cargados con la enfermedad, la minusvalía, el
dolor u otra limitación externa o interior… desconcertados,
rebelados, hundidos… Parece que iban huyendo de sí mismos,
desilusionados. Los lamentos y las quejas eran la cantinela normal de
sus vidas. Abundaban los pesimismos y desesperanzas…hasta que entraban
en contacto con otros habitantes del pueblo de LA FRATERNIDAD y la
experiencia de ellos, que era la experiencia del paso del Señor Jesús
por sus vidas, llenaba su propia vida de dinamismo. Lo percibían en la
amistad, el cariño, la acogida, lo que les ayudaba a vivir la
autoestima, a aprender a ser personas, a ampliar los horizontes vitales,
a luchar contra las limitaciones de la enfermedad y la minusvalía y a
saber vivir con energía y alegría en medio de ellas. La Constitución
del pueblo, en su artículo 16, dice que allí “se
trabaja por el desarrollo íntegro de sus habitantes. Les ayuda a asumir
positivamente en sus vidas la enfermedad crónica
o la minusvalía, física o sensorial, y a descubrir que las
capacidades de cada uno superan sus limitaciones, para que cada fraterno
y fraterna, que así se llamaban los habitantes de aquel pueblo, sea
protagonista de su propia vida y tome conciencia de su misión en la
Sociedad y en la Iglesia”.
2.6.-
Una experiencia vital: la vida en equipo
Este pueblo posibilitaba una experiencia comunitaria de la fe, en que Dios aparecía como
cercano, amigo, Amor. En definitiva, el testimonio y la lucha de los que
allí estaban, se convertía en aliento para la propia lucha de los que
llegaban y todos juntos iban aprendiendo a ser más solidarios y
generosos y así encontrar un sentido a la vida y descubrían a Jesús e
iban conociendo cada vez más a este Dios ya conocido por otros
habitantes.
En este pueblo, animados por el espíritu de Jesús
resucitado, se invitaba a todos a estar atentos constantemente a la
vida, a la historia, para saber discernir lo que pasaba a su alrededor y
en los otros pueblos, que llamaban los signos de los tiempos. Para
descubrir y vivir mejor cada día esto, los habitantes se reunían en
varias casas del pueblo en grupos que ellos llamaban equipos.
La Constitución del pueblo, en su artículo 27, dice que “los equipos son las células vivas del pueblo. En ellos los
habitantes realizan el programa fundacional del mismo, mediante la acción,
formación sistemática y progresiva, revisión y celebración. Es misión
e todos los equipos fomentar el contacto personal, coordinar la mutua
formación por el estudio y la acción, descubrir, acompañar y alentar
a los fraternos/as comprometidos/as y dinamizar a sus componentes de
cara al compromiso y al testimonio”. Participamos
en alguna reunión de estos equipos y vimos con sorpresa que eran muy
dinámicos y originales, pues no había un listillo que era el maestro
de los otros, sino que todos eran maestros de todos, porque hablaban de
la vida y decían que todos viven experiencias cada día… y
descubrimos una especie de obsesión y es que les gustaba partir de la
realidad, de la vida, para volver a ella en el compromiso. No lo hacían
a tontas y a locas, compaginaban bien lo que llamaban la contemplación
y la acción. Nos llamó la atención el empeño que tenían en
revitalizar los equipos y que fueran a la vez contemplativos y dinámicos
en la acción. Nos dijeron que de no hacerlo así, se habría
desdibujado la esencia de su pueblo y que posiblemente ya habría
desaparecido hace tiempo.
Unos cuantos estaban trabajando para ayudar a los otros a
descubrir esta nueva manera de situarse ante ellos mismos y los demás,
profundizando en lo que llamaban la Palabra de Dios, los escritos de su
fundador, la historia del propio pueblo… y así es como este pueblo de
la FRATERNIDAD y sus habitantes iban descubriendo una serie de
convicciones vitales para ellos, que tenían escritas en carteles de
distinto tamaño por las calles:
1.
Un sentido exquisito del valor de
la persona.
2.
Un pueblo de enfermos y minusválidos
para enfermos y minusválidos.
3.
La importancia de los contactos
personales.
4.
La fuerza en la debilidad.
5.
El sentido pascual de la
experiencia del dolor y de la limitación física.
6.
El descubrimiento de un Dios
revelado en Jesús más cercano y humano.
7.
El sentido profundo de la
comunidad de los hermanos, el grupo.
8.
La formación en grupo va
configurando una nueva manera de vivir y de entender la vida.
2.7.-
¿Militarizados? No, gracias
Hubo una cosa que nos asustó, fue cuando nos hablaban de la
militarización del pueblo, que todos
tenían que ser militares y que se habían unido a otros pueblos,
que también pretendían ser militares. Pensamos, ¿de qué o de quien
se tendrán que defender?. Si parecen una gente pacífica. Nos
desconcertamos y preguntamos a los habitantes. Soltaron una carcajada
estruendosa: “No, hombre, no, militares no, militantes. Lo que pretendemos es ser todos militantes y además
cristianos y unirnos a otros de otros pueblos que también lo quieren
ser, a fin de formar entre todos un solo PUEBLO. Es que, nos
aclararon, este pueblo nuestro está
federado a otros muchos pueblos y entre todos formamos un único pueblo
que llamamos IGLESIA, o también PUEBLO DE DIOS.
¡Ah!,
bueno, visto así…, las cosas cambian.
Siguieron aclarándonos que en este pueblo querían mantener
relaciones de buena vecindad con todos los pueblos e incluso, que sus
embajadores se reunían con los de otros pueblos para realizar alguna
acción conjunta a favor de los habitantes más desfavorecidos de todos
los lugares, incluso aunque tuvieran distintas maneras de concebir la
vida y de situarse ante ella. A través de los medios de comunicación
del pueblo y de la relación personal que tenían con otros, llegaban a
las gentes de otros pueblos y a todos difundían su mensaje, su estilo
de vida, sus deseos más profundos por si alguno quería venir a vivir
allí. Algunos, pocos, se les unían. A muchos no les interesaba este
mensaje y forma nueva de vida, pero no se sentían agobiados. Eso sí,
tenían claro, que “la tarea
principal de los habitantes del pueblo de la FRATERNIDAD y a la que todos se tienen que sentir comprometidos es lo
que llamaban la EVANGELIZACIÓN
DE LA PERSONA, en particular de la enferma crónica y minusválida, física
y sensorial”. Nos explicaron que “esto
incluye la tarea transformadora de la persona, del entorno y de las
estructuras, de su desarrollo íntegro a través de los contactos
personales y comunitarios y mediante la vida en equipo; el cambio del
mundo, trabajando por la venida de una sociedad nueva, fundada en la
dignidad del ser humano, así como la transformación evangélica de la
Iglesia, en camino hacia la fraternidad universal ”. Tan claro tenían
esto que también figuraba en su Constitución, artículo 15.
Entendimos un poco mejor todo esto cuando nos dijeron que la
tarea fundamental de este pueblo de la FRATERNIDAD es hacer surgir,
formar, orientar y sostener cristianos que sean verdadero fermento
evangelizador.
A esto lo llaman ser y hacerse militantes
cristianos. Así que ¿militantes? sí. ¿Militares? no, gracias.
En el pueblo tenían unas convicciones claras que trataban de transmitir
a otros que participaban de su misma fe, aunque a veces la vivían de
forma diversa: Era como algo original de este pueblo:
a)
El enfermo y minusválido pasa, de ser receptor pasivo de
cuidados y atenciones, a ser protagonista
de su propio desarrollo integral y sujeto evangelizador activo en la
comunidad de los discípulos de Jesús, con una capacidad evangelizadora
en el mundo del enfermo y minusválido como no la tiene otra persona en
la Iglesia. Esto supuso una fuerza revolucionaria cuando la dijo el
Fundador hace más de cincuenta años y lo sigue siendo hoy. En este
pueblo de la Fraternidad todos tenían conciencia de haber recibido una
llamada del Señor a transformar la mentalidad reinante en la Iglesia y
en la sociedad acerca del enfermo y minusválido.
b)
La creencia en la fuerza de los débiles, estando al lado de los
débiles, sintiéndose débil. Es más, en su debilidad sentían y vivían
la fortaleza del espíritu de Jesús. La característica que nos
diferencia del resto de grupos y movimientos “especialistas de
enfermos” es que en nosotros mismos, apoyándonos los unos con los
otros, juntando nuestras debilidades, encontramos la fuerza para vivir y
caminar, animados, eso sí, por la fuerza de Jesús.
c)
Ninguna acción seria se produce sin los encuentros de persona a
persona, que allí llamaban contactos
personales, que no caben sin el amor fraternal. Un amor al estilo que
Jesús nos pide y muestra en el Evangelio.
Esto de ser militantes cristianos en este pueblo es una
forma de vivir en la que se conjuga gratuidad y eficacia, alegría y
limitación, contemplación y compromiso, conciencia del valor de la
persona y camino comunitario, opción preferente por los pobres y
acogida universal, comunión eclesial y dinamismo misionero.
2.8.-
Un pueblo comprometido
Coincidimos en un foro de debate en este pueblo donde se
discutía sobre el compromiso. Discutían sobre, al menos, tres
significados de la palabra compromiso:
a.-
Como empeño (“me comprometo”). Parecía la más clara, pero difícil
de asumir
b.-
Como dificultad (“estoy en una situación comprometida”). En este
apartado había muchos que lamentaban su situación y afirmaban que se
encontraban en una situación así, aunque luego profundizando veían
que no era para tanto
c.-
Y como negociación (“hay que llegar a un compromiso”). Aquí
división de opiniones. Unos que había que negociar todo, para
conseguir mejores beneficios para el pueblo, aunque hubiera que
renunciar a algunos principios. Otros, los más, defendían que no se
debe ni puede renunciar a lo esencial, por ejemplo, el hecho de ser
cristianos, aunque se logren menos cosas y, sobre todo, que no se podía
transigir en lo que era la defensa de los derechos de los más débiles
y los derechos del colectivo, así como la defensa de la verdad y una
gestión transparente.
Finalmente, se pusieron de acuerdo en que el primer
significado, el de “me comprometo” es el más importante, al
menos es el que más querían utilizar en este pueblo, cuando se hablaba
de compromiso cristiano o de cristianos comprometidos o militantes. Les
parecía que el compromiso llevaba siempre una opción y que la opción
significa siempre volverse hacia, entregarse, comprometerse. Se lo
recordó a los habitantes del pueblo un obispo que, de casualidad, pasó
por allí un día. Se llamaba Pedro Casaldáliga: “cuando
se opta por los pobres, se opta contra las causas, las estructuras, los
sistemas, que hacen pobres a los pobres y les impiden vivir con dignidad
esa condición humana, histórica, de hijos e hijas de Dios, hermanos y
hermanas… Son muchos los que están cansados –dicen- de oír hablar
de la opción por los pobres. A mí me gusta responderles que,
seguramente, los pobres están mucho más cansados de ser pobres”
El compromiso de este pueblo de la Fraternidad, que era un
compromiso cristiano, se apoyaba en la visión bíblica de “Dios con nosotros”, comprometido con la
salvación de su pueblo y la humanidad entera, que interviene en la
historia, pero deja la historia en manos de los hombres.
Es un error “esperar de Dios la solución de problemas que ÉL nos
ha confiado a nosotros”. Pero no es un error tener presente lo que
Dios quiere que sean los cielos nuevos y la tierra nueva, el sentido y
el final de la historia. No es un error escuchar personal y
comunitariamente, su Palabra que nos presenta un proyecto de justicia y
paz y nos empuja a su realización. No es un error vislumbrar el futuro
a realizar por las mujeres y los hombres nuevos.
Se estaba bien en este pueblo. Vivían el compromiso como
exigencia de la .la fe, esperanza y amor.
La
fe
En otros pueblos se entendía la fe sin compromiso, como
algo ritual, aquí no.
La fe en Jesús era aceptada generosamente como causa o motor del
compromiso. Por supuesto, existe el compromiso sin fe, pero aquí lo que
se pretende es que la fe se
entienda como compromiso porque es conversión y que el compromiso cobre
una dimensión explícita desde la fe. En definitiva, el compromiso,
cristianamente entendido, es una exigencia ineludible de la fe.
La
esperanza
Donde
la esperanza no existe, no puede existir esfuerzo
(Samuel Johnson). Por eso en el pueblo sabían que esperar
cristianamente es esperar actuando. El futuro humano no brota mecánicamente
del presente, sino que se prepara desde él.
Hay pueblos y gentes que se esforzaban en querer
convencerlos de que hay que renunciar a la esperanza en nombre de la
prudencia o de la sensatez o de la creencia, o, tal vez, del “espíritu sobrenatural” que sería como decir en
nombre de Dios.
No tragaban. En este pueblo, conscientes de la existencia del mal, sabían
que ese mal (egoísmo, opresión, injusticia, desamor) ha de ser vencido
paso a paso, a través de la historia. Esta lucha con todas sus
complejidades históricas, con sus incertidumbres, sus riesgos y sus
temporales retrocesos, es un dinamismo en marcha hacia el fin, hacia la
venida de Jesús, que será la consumación y el triunfo definitivo.
Esta esperanza animaba el compromiso de este pueblo de la
FRATERNIDAD.
El
amor
El compromiso cristiano tiene su raíz y fundamento en el
amor en este Pueblo.
“Si alguno dice que ama a Dios y
odia a su hermano, es un mentiroso. El que no ama a su hermano a quien
ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Este es el mandamiento que hemos
recibido de É´, que el que ame a Dios, ame también a su hermano”.
(1 Juan 4, 20-21)
“Hemos
comprendido lo que es el amor porque aquel se desprendió de su vida por
nosotros, ahora también nosotros debemos desprendernos de la vida por
nuestros hermanos. Si uno posee bienes de este mundo y, viendo que su
hermano pasa necesidad, le cierra las entrañas, ¿Cómo va a estar en
él el amor de Dios?. Hijos no
amemos con palabras y de boquilla,
sino con obras y de verdad”. (I Juan 3, 16-18)
Es curioso. A pesar de las apariencias y de que a la vista
de la situación externa de sus habitantes parece que allí tenía que
haber desolación y desánimo, la gente de este pueblo de la Fraternidad
parece que era gente que iba por la vida abriendo brecha. Eran
conscientes y así lo vivían, que la historia la hacen los que abren
espacios de vida con su vida. Allí se sentían fuertes y confiados en
el Dios que, presente en su pueblo y junto a ellos, iba haciendo la
historia, alentando el aliento de estos hombres y mujeres y enseñándolos
a perder la vida para que haya vida, para que no haya cadáveres
ambulantes de explotación, de tiranía y de muerte.
A la caída de la tarde nos alejábamos de allí. En la
salida del pueblo encontramos unos carteles.
CONTACTOS
PERSONALES,
que sean frecuentes entre vosotros y con otros y que no desaparezcan
nunca de vuestras vidas para que no perdáis lo esencial del ser humano
y cristiano y seáis portadores de vida para otros.
CONTACTOS
PERSONALES,
que se hagan dentro de una visión de evangelización.
CONTACTOS
PERSONALES,
que se vivifiquen y se alimenten en las reuniones de responsables.
Ahora comprendíamos el sentido del letrero que encontramos
a la entrada del pueblo: “Llega usted al pueblo de la FRATERNIDAD”,
el de los Contactos personales.
Nos despertamos. Restregamos nuestros ojos. ¿Será verdad o
una ficción?. ¿Existirá realmente este pueblo?. ¿Mira que si
existiera en la realidad y nosotros aquí, tan frescos, sin enterarnos y
sin querer vivir en él?. Dios Santo, lo que nos perderíamos y lo que
se perderían otros.
TERCERA
PARTE
3.-
“EN VOLVIENDO A LAS YEGUAS…”
Nuestro buen amigo, Vicente Aparicio, Consiliario de la
Frater de Ávila, buen conocedor de la misma y que ha hecho una opción
clara por ella en su vida de cura y últimamente de canónigo, cuando
estamos en alguna reunión en la que nos salimos de madre o nos alejamos
de la realidad que estamos tratando, suele ayudarnos a regresar al
camino perdido, con una frase que decían en su pueblo: “En
volviendo a las yeguas…”, que viene a querer decir: volvamos a
la realidad e hinquémosla el diente, porque si nos alejamos de la
realidad nos vamos por lo que llamamos vulgarmente “los cerros de
Úbeda” y allí lo más fácil es que uno se sienta perdido o sin
saber bien a donde va, ni a donde quiere ir.
Nosotros sí sabemos a donde queremos ir. Al encuentro con
nuestra propia realidad, como fraternos y como miembros de un Movimiento
Apostólico como es la Fraternidad Cristiana de Enfermos y Minusválidos.
3.1.-
Miramos a nuestro Movimiento (FRATER) y nos miramos a nosotros en
él
Hemos intentado mirarnos a nosotros mismos y hemos
contrastado esa mirada personal con los vecinos/as. Ellos seguramente
nos han ayudado a clarificar nuestra visión o al menos nos han ayudado
a ver a qué nos conduce nuestra situación personal de este momento. Es
importante nuestra actitud interior. Os animamos a hacer un esfuerzo
para que esta actitud interior sea positiva, esperanzada, lo que no
quiere decir que tratemos de ignorar, disfrazar o disimular la realidad
del momento actual de la Frater. Un sereno descubrimiento de la
realidad, aunque sea dolorosa o no nos acabe de gustar, nos debe ayudar
a construir los cimientos para revitalizar hoy nuestra Frater y su
aportación al mundo y a la Iglesia de hoy.
Os hemos hecho partícipes de un bonito sueño. Los sueños… ¿sueños
son?, o… ¿se pueden convertir en realidad?. A veces para que un sueño
se convierta en realidad es necesario que quienes lo han tenido o han
sido partícipes del mismo, se empeñen en conseguirlo. Este es el caso.
La pregunta que debemos hacernos cada uno hoy aquí es la siguiente. ¿Yo
quiero que este sueño se convierta en realidad? ¿Qué tengo que hacer personalmente
para que sea posible?. Insistimos: personalmente.
Esto tiene que ver mucho con una opción personal, sobre todo de los que
estamos aquí. Otra cosa será animar a otros a que se entusiasmen con
esta opción. Difícilmente podemos entusiasmar a nadie, si previamente
nosotros no estamos comprometidos y entusiasmados.
Hacemos una invitación a recobrar la ilusión y el
compromiso en la Fraternidad y desde ella, en el mundo y en la Iglesia.
Hemos traído algodón para que quienes no quieran recobrar la fuerza,
energía e ilusión para renovar nuestra querida Frater, se lo pongan en
los oídos y, sin marcharse de aquí, que estaría feo, no se enteren de
lo que viene a continuación. Es una manera de estar sin estar, cosa que
sucede frecuentemente en muchos aspectos de la vida y de nuestro
Movimiento, pero que no conduce a nada positivo.
3.2.-
Cristianos y fraternos para todos los gustos
En la Iglesia
convivimos cristianos que decimos creer en el mismo Dios, pero que
tenemos comportamientos
a veces contradictorios.
Cristianos y fraternos comprometidos por la causa de Jesús
en sus ambientes.
Cristianos
y fraternos encerrados en sus formas de vivencia religiosa con poca
proyección social
Cristianos y fraternos preocupados por establecer un diálogo
Iglesia-sociedad.
Cristianos
y fraternos con miedo a una confrontación vida-fe.