Cuidar la tierra, cuidar personas

03.10.2016 17:25

La Organización Mundial de la Salud incorpora a su definición de salud no sólo aspectos físicos y orgánicos, sino también la dimensión psíquica, social y espiritual de la persona.

La Iglesia siempre ha estado presente en el mundo de los enfermos, siendo pionera ya con una actitud de suplencia, ya de colaboración, ya con su deber imprescindible de su específica misión pastoral, como continuadora del mandato de Cristo. Por ello tiene que decir una palabra, estar cerca afectiva y efectivamente  de los débiles, los mayores, los enfermos...

El 24 de julio de 1985 el Gobierno socialista de entonces a través de sus Ministros de Justicia, Sanidad y Consumo y el Presidente de la Conferencia Episcopal Española firmaron un “ACUERDO DE ASISTENCIA RELIGIOSA CATÓLICA EN LOS CENTROS HOSPITALARIOS PUBLICOS” (BOE 21 de diciembre de 1985) que sigue vigente. Aquel gobierno garantizó y entendió que no se concedía ningún beneficio ni privilegio a la Iglesia, sino que se reconocía el derecho de los pacientes a recibir asistencia religiosa en los Hospitales, igual que reciben asistencia social, psicológica o médica. Convendría tenerse en cuenta, sobre todo por quienes abogan por suspenderlos. De hacerlo atentarían contra un derecho fundamental de los ciudadanos, en este caso, enfermos. Esto obliga a la Iglesia a preparar adecuadamente a las personas que destina a realizar este servicio.

La semana pasada he participado en las XLI Jornadas Nacionales de Pastoral de la Salud, con el tema “Pastoral de la salud y ecología integral. Cuidar la tierra, cuidar personas”. Se han reunido 90 personas responsables de este campo de la Pastoral de la Salud, representando a casi todas las Diócesis españolas.

Trascribo parte del documento final: “Tomando como marco la carta encíclica Laudato Si’ hemos querido acercarnos con una mirada integral a nuestra realidad social, a la situación medioambiental y a los retos que hoy nos presenta el cuidado de nuestra casa común y de quienes vivimos en ella. La contaminación, la desertización, la pérdida de biodiversidad, la escasez de agua potable, la sobreexplotación de recursos naturales está agrandando la brecha de la desigualdad, el aumento de los migrantes que huyen de la degradación ambiental, y ello genera enfermedad, pobreza y exclusión, negando la dignidad y la salud a muchas personas de nuestro planeta.

Desde la convicción de que ‘en el mundo todo está conectado’ (LS 16), no podemos entender la naturaleza como algo separado de nosotros, o como un mero marco de nuestra vida. La ecología afecta directamente a la salud; degradar el mundo es degradar la salud y provocar enfermedad. Por tanto, cuidar de la tierra es apostar por la salud de las personas. Y para cuidar a las personas, es fundamental buscar soluciones integrales y cuidar la tierra. Recordando las palabras del Génesis, el plan de Dios sitúa al ser humano dentro de la creación, con el encargo de labrar y cuidar el jardín del mundo, lo que significa protegerlo y custodiarlo. Es necesario hacer un uso responsable de las cosas, reconocer que los demás seres vivos tienen un valor propio. La humanidad necesita cambiar (LS 202). Tenemos un desafío cultural, espiritual y educativo.

Debemos generar una mayor responsabilidad, un fuerte sentido comunitario, una especial capacidad de cuidado, una creatividad más generosa, un entrañable amor a la propia tierra, una denuncia profética de los posibles riesgos a la salud. La crisis socio-ambiental es una llamada a vivir una conversión ecológica, respondiendo a la vocación de protectores de la obra de Dios: cuidar la tierra, cuidar personas.

Ante esta realidad, como agentes de Pastoral de la Salud sentimos la responsabilidad de hacer presente esta concepción socio-ambiental en nuestros ámbitos de misión: hospitales, residencias, domicilios, parroquias. Entendiendo por Salud el conjunto de relaciones armónicas entre Dios, la Creación y la humanidad, lo que sucede al conjunto del planeta no nos es ajeno, y debemos asumir la responsabilidad de predicar el desequilibrio creado y trabajar por una salud integral de la tierra y de las personas. Nuestra misión no es solo cuidar a las personas enfermas, sino “dar vida, y vida en abundancia” (Jn. 10,10)”.

Esta es la aportación de la Iglesia. Otra cosa es que desde una mirada chata y sectaria, no se quiera reconocer.

José Mª López López

Consiliario general de Frater España