Hacia la igualdad de las mujeres en la Iglesia

29.05.2016 10:00

Hace años, siendo yo capellán del Hospital psiquiátrico de Quitapesares, si algún día no podía ir a celebrar la Eucaristía, la superiora de la comunidad de Hijas de la Caridad que había allí, hacía una celebración de la Palabra y daba la comunión a los enfermos. Al día siguiente, cuando llegaba a la sacristía, Félix, un enfermo que era monaguillo, me decía: “Ayer dijimos la misa la monja y yo y nos salió bien”.

(Por cierto, a Félix, hombre bueno y cabal, le decía yo de vez en cuando: “”eres el mejor monaguillo del Hospital” y siempre me contestaba: “a ver, no hay otro”. Le recuerdo hoy con cariño y gratitud. Fue un fiel servidor del altar. Seguro que sigue ejerciendo el oficio de monaguillo en el cielo).

Bueno, a lo que iba. Me ha venido a la memoria esta anécdota a propósito de la polémica que se ha suscitado estos días por la contestación que dio el papa Francisco, quien a la pregunta lanzada por la Unión Internacional de Superioras Generales sobre los impedimentos para que se incluya a las mujeres entre los diáconos permanentes, dijo: “me gustaría establecer una comisión oficial que estudiara el tema”.

El Papa es más cauto que mi monaguillo Félix, que directamente hacía “sacerdote” a la monja, pero abre una puerta para estudiar el tema sobre el diaconado permanente de las mujeres.

Desde muy antiguo en la Iglesia se reconoce que existe un orden jerárquico en tres figuras que son obispo, sacerdote y diácono. Este puede celebrar varios sacramentos, como bautizar o casar. Lo que no puede hacer desde el punto de vista sacramental es confesar, presidir la Eucaristía o dar los últimos sacramentos. Dentro de la tradición de la Iglesia, la ordenación diaconal es paso previo a la ordenación sacerdotal, pero hay también un diaconado permanente solo reservado para laicos varones, incluso casados.

Sin embargo, una mirada al pasado indica que el diaconado de la mujer estuvo vigente durante más de mil años y con una proyección litúrgica, caritativa y catequética, que nada tienen que envidiar a los diáconos varones que existen hoy en la Iglesia.

El propio San Pablo habla de la existencia de diaconisas en los primeros siglos de la Iglesia. "Os recomiendo a Febe, nuestra hermana, diaconisa de la iglesia de Cencreas. Recibidla en el Señor de una manera digna de los santos, y asistidla en cualquier cosa que necesite de vosotros, pues ella ha sido protectora de muchos, incluso de mí mismo". (Romanos 16, 1-2).

Parece claro que existían diaconisas en la Iglesia primitiva, incluso hasta el siglo XI. Lo que no está tan claro es la idiosincrasia de estas diaconisas: ¿Estaban ordenadas o no? ¿Cuál era su papel en el seno de la comunidad? ¿Eran diaconisas permanentes o meras servidoras de las comunidades cristianas, dedicadas al ministerio de la caridad?. Estúdiese y aclárese, parece que quiere el Papa.

Esto que es lo llamativo en los medios de comunicación y en distintos foros, hay que enmarcarlo en una profunda reflexión sobre el lugar de la mujer en la Iglesia. Las mujeres son mayoría en la iglesia católica y, sin embargo, como recuerda la teóloga María José Arana, vieja luchadora por la igualdad de la mujer, "Las mujeres han permanecido en la Iglesia como las grandes ausentes, una ausencia que perdura hasta nuestros días. Evidentemente la ausencia de las mujeres empobrece enormemente a la Iglesia en múltiples aspectos y en sí misma; pero además pierde credibilidad ante el mundo que va despertando rápidamente en estos aspectos y ante los cuales la Iglesia, Luz de las Gentes como se llamó a sí misma en el Concilio, debería brillar con su ejemplo y alumbrar caminos nuevos."

“Las fuerzas del cambio, como ha pasado en otras confesiones cristianas, dice la teóloga Isabel Gómez Acebo, juegan a favor de una integración total de las mujeres. Las diaconisas serán un paso en el buen camino, pero luego vendrán otros”. ¿Será el Espíritu que sopla donde quiere?. ¿Por qué no?

 

José Mª López López
Consiliario de Frater España