Las personas

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Sin duda, la visita a Verdún nos ha servido para recordar, además de al P. François, a otras personas que iniciaron nuestro movimiento. Y con ese recuerdo, nuestro sincero agradecimiento.

En particular, me impresionó cuando, bajo una fina lluvia, en el cementerio de Verdún, visitamos el lugar donde reposan los restos del P. François. Como cuando visitamos la tumba de un ser querido, en medio de tantos, para nosotros desconocidos, estaba el nombre en piedra de aquél que conocimos por cercanía física o por referencias de otros. Entre la muchedumbre anónima, uno se nos hizo especial, el suyo. “Es el poder de la acogida”, como él decía.

Así creo que fue también la vida del Henri François, un sencillo cura de parroquia de pueblo, rodeado de tantos que hoy para nosotros son totalmente desconocidos pero que fueron el motivo de su acción y que, poco a poco, por la obra del Espíritu, se fue modelando hasta llegar a lo que conocemos hoy como Frater.

Del mismo modo, por más que nos esforcemos, nunca sabremos los nombres de los miles de soldados que durante la Primera Guerra Mundial pasaban por Verdún y no volverían más a sus casas. Otros, heridos o supervivientes, con la ayuda del obispo Charles Ginisty (quien ordenó sacerdote a nuestro H. François y le mandó sus primeras tareas pastorales), quisieron que esta ciudad se convirtiera en un símbolo de paz. Las guerras marcan el carácter de generaciones enteras. El ansia de paz y libertad las hace más dinámicas y emprendedoras, más solidarias y acogedoras. En ese ambiente crecieron las personas que por primera vez se reunieron en el Santuario de Benoîte-Vaux y que fueron la semilla de la Fraternidad.

Pero volviendo a la vida del P. François, una vida sencilla, una persona que no se complicaba mucho ni complicaba la vida de los otros, hemos aprendido que se acercaba a los pobres, sobre todo a los sin techo, como Charton, que vagaba solitario por la ciudad y que él trataba con gran afecto; o los jóvenes que se acercaban a la parroquia y él atendía; o los enfermos más solos que no salían de sus casas y que debían ser visitados. Estos últimos son el hilo conductor que nos une más al P. François.

Rodeado de gente dinámica, Alice Hutin, Marguerite, Annie… , los que estaban solos en sus casas, pronto se convierten en protagonistas de su historia y de su vida. Este hecho no dejó indiferente a nadie. La intuición de que fueran los enfermos los evangelizadores de los enfermos fue enseguida acogida por otros, como el dominico D’Argenlieu o los obispos Petit y Boillon, amigos del P. François y que supieron desarrollar la idea.

La relación con las religiosas del Carmelo de Verdún, sin saber por qué, seguro que fue de gran ayuda para el nacimiento de la Fraternidad. Ellas eran las primeras que se enteraban, muchas veces desde la confidencia, de lo que sucedía en este movimiento que se extendía por todo el mundo y del que llegaban las cartas que sor Bernadette traducía al francés para que el P. François las comprendiera.

Las “chicas” del Foyer (Hogar) de Verdún que desde el Instituto secular de Nuestra Señora de la Ofrenda sirven a la Fraternidad se nos acercaron esos días en la persona de Marie Lucie, hoy responsable de Frater en Verdún y que nos acompañó a recorrer estos lugares regados por el río Mosa.

 

Poco a poco, visitando lugares, leyendo escritos propios del P. François o de los cercanos a él, aquellos que eran personas anónimas, se van convirtiendo para nosotros en referencias imprescindibles. Sobre todo para que la llama que ellos encendieron de la Pascua de Jesús, no se apague sino que siga alumbrando el mundo a través de las personas con discapacidad de todos los rincones del mundo.

Albert Arrufat Prades
Ex-Consiliario Intercontinental de Frater

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